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REMES

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Oct. 31st, 2005 @ 08:53 pm FIN DE LA NOVELA: Resumen*

                                                              

   La novela "EL CANTOR DE OLAS" trata el tema de la búsqueda de raíces. A consecuencia del fallecimiento de su padre el protagonista inicia un viaje que le llevará al corazón mismo de su identidad. Halla su propio lugar en el mundo, a su familia, su amor, su futuro. Se enmarca en un ambiente marinero que, de principio a final, conforma un universo propio, ficticio, pero creíble. Es un canto poético y la prosa se impregna de esta carga emocional, quizás tocando un género poco comercial, aunque tal vez este sea el motivo que necesitemos en una realidad tan saturada de porcentajes o estadísticas. Sin duda, una lectura idónea para recuperar el lado mágico de lo cotidiano, el duende que anima lo que a menudo no paramos a atender, como por ejemplo el mero placer de leer.
   Espero resulte amena o entretenida a los que se animen a leerla entera. En cualquier caso, agradecería el comentario o la libre opinión, siempre valiosa para que la comunicación resulte provechosa. Para mí, resultó una experiencia gratificante, donde he aprendido y desarrollado recursos, pero sobre todo me ha servido para conocer a gente, lectores desconocidos, desinteresados, que dan a la obra su verdadero valor. Gracias a todos por compartir!    OS SALUDO:
                                         LeeTamargo.-

                        http://soncuadernos.galeon.com/cantordeolupdf.pdf

 

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Sep. 28th, 2005 @ 03:13 pm Capítulo XXI: CUANDO CANTAN LAS OLAS
Capítulo XXI
CUANDO CANTAN LAS OLAS





Años después recordaría las palabras del viejo marinero:

...El Cantor de Olas silba entre las rocas y su eco resuena hasta que la luna se oscurece. Es duende, El Cantor de Olas, que te subyuga y eriza la piel última del alma, la capa de más adentro...

Ahora era capaz de entenderlo, ahora que la fiebre del mar me había conquistado, embriagado, contagiado con su canción... Al final tuvo que ser así, le encontré frente al mar, tras una mirada neblinosa, mezclado, casi fundido con el horizonte gris, perdido entre la compañía de sus entrañables acantilados. Supe que el viaje de ida había terminado. Mi destino ahora quedaba así ligado por siempre a Claridades. Se convirtió en el hogar, de tanto buscarlo nos acogió como a un hijo pródigo, curando y fortaleciéndonos de las heridas. A su amparo, logramos equilibrar con intensidad las distancias que tiempo y silencio se ocuparon en separar. Es por ello que mi gratitud es eterna a la Bahía, nos descubrimos en Claridades. De igual modo, siempre formaría parte del mismo misterio insondable el por qué el abuelo obró así. Hasta el último día de su vida huyó y esperó. Esperó hasta morir precisamente cuando por fin el viaje les conducía al reencuentro. Fueron mis propias manos las que lanzaron las cenizas de mis seres más queridos, repartidas en olas de espuma, grises, a la madre de los mares… Mi padre y el abuelo así lo habrían deseado. ¡Hay un océano vivo en Claridades!
Cuando hablo de la Bahía me refiero a Claridades, para mí no hay otra. Cada día transcurrido desde que decidí venir y quedarme en la isla ha significado un paso hacia adelante, libre de ataduras y por eso he permanecido aquí. No vale la pena perder el tiempo en hablar de mí, no importa mi nombre, anduve toda una vida persiguiendo una leyenda y es por eso que estoy en Claridades. Antes siempre me disculpaba y buscaba razones para tratar de autoconvencerme, para aceptar que mi rumbo era el que ya venía marcado, pero cuando todo parecía fallar ella estaba ahí, hasta que surgió, por fin, salvadora. Sabía desde lo más hondo que aquel era mi lugar, que la Isla me atrapó o, quizás, la leyenda, las olas, una canción… Ahora que Patricia me ha anunciado la nueva vida que trae dentro de sí, la melodía del duende entre las olas me suena tan familiar que es entonces cuando Claridades se acurruca junto a mi, arropa los sueños y puedo entonces dormir, plácido, bajo su amplia noche estrellada, mecido por un leve rumor de olas.






- F I N -

*De la NOVELA "El Cantor de Olas", (c) Luis Tamargo.-
http://elcantordeolas.extreblog.com

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Aug. 27th, 2005 @ 08:34 pm Capítulo XX: RUMBO DE REGRESO
Capítulo XX
RUMBO DE REGRESO




El nudo de emoción se desató mar adentro, cuando las velas henchidas del DosGaviotas se ciñeron al viento para danzar pletóricas sobre las olas. Junto con Patricia y Héctor, fuimos los encargados de comprobar las aptitudes marineras del barco en el día de su bautismo. Sin embargo, para mí se trataba además de un acontecimiento aún más relevante, pues de alguna manera se continuaba con el rumbo de una tradición familiar durante cierto tiempo interrumpida más que olvidada. Para celebrarlo nos dirigimos al archipiélago de Cormoranes al tiempo que, durante el proyecto, ensayábamos todo tipo de maniobras con la atención centrada en las respuestas del nuevo DosGaviotas, que en ningún momento defraudó. La silueta de Cormoranes crecía a medida que nos aproximábamos a su costa y un cortejo de aves nos daba la bienvenida con sus trinos variados. El farero señalaba cada ejemplar para indicarnos su nombre y, sin poder ocultar su entusiasmo, nos explicaba algunas de sus curiosidades.
Una pasión similar por las aves compartía el notario de Bahía, el Sr.De Melun, al que le unía además una íntima amistad. Su padre había sido destinado embajador diplomático del país en la capital, en sus últimos años. Luego, las vueltas caprichosas del destino quisieron que el Sr. Notario escogiese Bahía Claridades para recalar sus recuerdos de infancia, sin duda uno de los principales motivos que influyeron a la hora de decidir destino.
Era su apariencia gélida, inescrutable, debido posiblemente a las rígidas exigencias profesionales. Su voz hueca tampoco dejaba vislumbrar atisbo alguno de emoción, aunque revelaba su abundante conocimiento en cuanto hallaba pie para extenderse sobre el mundo de sus aficiones, preferentemente naturales. De su etapa anterior conservaba una exuberante y original colección de mariposas tropicales, seguramente única en su género. Tampoco ocultaba su especial atracción por Cormoranes y el particular microclima que disfrutaba el archipiélago, beneficiando sus ansias investigadoras al permitir una rica y variopinta convivencia de exóticas aves y exuberantes plantas, otra de sus aficiones predilectas.
No obstante, ese no fue siempre su carácter, su acritud había mejorado bastante últimamente. Al principio ocultó tras una áspera coraza su honda pena, pero a todas luces le resultó imposible de disimular, pues en los pueblos de alma chica, sobre todo, eso se nota mucho. Las noches de la Taberna sirvieron para eso, fueron bálsamo redentor. Hasta que no soltó el nudo que le atenazaba el corazón, el Sr.De Melun no pudo recuperar la parte de sí que le disculpaba. Así fue como conocieron, entre sollozos y palabras entrecortadas, cómo el mar le arrebató a su hermano mellizo en plena flor de juventud. Y cómo vibraba de emoción contenida durante demasiado tiempo su voz aflautada al hacerles partícipes de sus recuerdos de amor imposible que dejó en tierras lejanas de otros continentes. A partir de entonces, la Taberna se convirtió en su refugio seguro y, desde ese momento, se despachó a gusto y en paz con los habitantes de Bahía. Al mismo tiempo, los demás tertulianos aprendieron y comprendieron que debajo de la férrea apariencia del caparazón se debatía un ser humano, quizás excesivamente serio, pero apasionadamente palpitante.
Aquella tarde, sin embargo, el semblante serio y frío del notario no me resultó extraño al recibirnos de vuelta del archipiélago, de aquella primera excursión con el DosGaviotas. Ya conocía ese gesto adusto, de compromiso, a modo de escudo... Y ya antes de que pronunciara palabra lamenté que tuviera que haber ocurrido precisamente en ese día. Habían encontrado al Viejo Capitán flotando en las aguas de Claridades. El abuelo acabó así sus días, ahogado en su mar enamorado.
Esta vez los trámites fueron aún más parcos si cabe y, en cambio, mucho más ceremoniosos pues el DosGaviotas tuvo el honor de servir para este su último viaje. Desde cubierta, Patricia y yo contemplamos en silencio, abrazados, las cenizas del abuelo que se mezclaron por siempre con el mar que tanto amó en vida, ya eternamente unidos.





(CONTINÚA... En Capítulo XXI)
*De la NOVELA "El Cantor de Olas", (c) Luis Tamargo.-
http://elcantordeolas.extreblog.com
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Aug. 8th, 2005 @ 09:37 am Capítulo XIX: EN LA TABERNA
Capítulo XIX
EN LA TABERNA




Desde tempranas horas había estado dando los últimos retoques a la nueva embarcación, ahora recién calafateada y lista para su bautizo de mar. Repasé con cuidado cada letra del rótulo en el costado, acariciando con el pincel la madera. Ahora el DosGaviotas al fin podría navegar. Habían sido necesarios largos meses de meticuloso trabajo para reconstruirlo fidedignamente y ver el proyecto convertido en una realidad palpable, una pasión marinera, el sueño de cualquier navegante capaz ahora de flotar y surcar el océano. Revisé con detenimiento de artesano los intrincados detalles del mascarón de proa, los rizados bucles de la sirena, la caracola que sostenía entre sus manos, cada escama de su cola labrada, que impregnaba el alba y hasta las ropas con el denso olor del barniz incoloro.
Amanecía una mañana de púrpuras que esbozaba remolinos anaranjados sobre el cielo de Bahía, difuminados surcos de luz creciendo hacia el amarillo intenso para dar paso al nuevo día, resplandeciente. Durante algunas semanas el viento sur se había instalado confortablemente en Claridades. De seguir así, mañana sería el momento idóneo para que el DosGaviotas se estrenara con su bautismo de aguas.
Las primeras gaviotas, las más madrugadoras, se saludaron entre sí. En el muelle, los motores de los Casualidades anunciaron el comienzo de la jornada y, pronto, sembraron de surcos ondulantes las orillas del puerto que, levemente, se desperezaba como si alguna vez hubiese estado dormido del todo.
Ya antes, la Taberna marinera reanudaba su actividad, imperceptiblemente interrumpida siquiera para el descanso. Para Violeta resultaba más trabajoso descansar que reanudar la faena. Ella vino del interior, con su familia, pertenecía a la zona boscosa de montaña. Desde niña se adaptó con ductilidad al clima marino de la Bahía, pero no podía negar su primitivo sustrato de monte y bosque, de tierra firme. Sus razonamientos respondían a una lógica tan simple como sus sentimientos y no por ello menos hondos. Fue el suyo un matrimonio por amor, primero, por su Joaquín, el patrón de Casualidades y, después, por sus dos adorables retoños, Patricia y Quino, ahora ya crecidos, si bien con toda probabilidad se podría también hoy alterar el orden de los afectos sin que variasen en profundidad. La pequeña Patricia le echaba una mano de gran utilidad con las tareas de la Taberna y, Quino, el hijo mayor, después de haber estudiado fuera de Claridades estaba a punto de iniciar su primer trabajo como periodista. Ya se habían acostumbrado a sus prolongadas ausencias y esporádicas apariciones, era como si la Bahía reclamase algo suyo a pesar de las distancias. Pero ella no era de allí y, desde el principio, tuvo que hacerse con el territorio de la Taberna como el suyo propio, desplegando todo el abanico de eficientes habilidades, como corresponde a una buena mujer propia de las montañas.
Al mediodía atracó una Patrulla Marítima. Para entonces ya había acabado de recoger todos los utensilios de limpieza y contemplé con embeleso la obra consumada. El DosGaviotas bien podía presumir como un señor velero, con su proa apuntando a la línea desafiante del horizonte. Escuché a uno de los oficiales de la Patrulla hablar a Violeta. Por lo visto, algunos pescadores dieron aviso del avistamiento del cetáceo. Se trataba de un ballenato, atrapado en el cerco que los arrecifes formaban con la hilera de islotes, junto a la Canal. No les costó demasiado esfuerzo conseguir mostrarle el camino de salida a la cría perdida.
La sobremesa en la Taberna de Violeta se tiñó de voces nuevas y de más ajetreo del acostumbrado y, así, se extendió a la tarde para contagiar de novedosa solemnidad todo hecho o dicho habitualmente cotidiano. Era de preveer, por tanto, que la noche acabaría como todos los asistentes presumiblemente esperaban, contando historias, escuchando dispares relatos de otros confines a la luz de los candiles, entre aromas de café y alcohol, hasta que el día, otro nuevo alba, terminase de llegar.
Esa noche, Héctor, el farero, recordó su particular historia de ballenas, siguiendo el hilo conductor marcado por el oficial. Algunos echaron estrepitosamente a reir, poniendo en duda que realmente el farero hubiese buceado y nadado junto a ellas, llegando incluso a tocarlas con su mano. Otro marinero aseguró haberlo visto hacer en la Escuela de Marina de Coaxtlán, pero aseguró que se trataba de expertos profesionales y que a nadie en su sano juicio se le ocurriría tirarse al agua para experimentar ese contacto sin una preparación previa. Aquí, oficiales y marineros elevaron ostensiblemente las voces ya discutiendo, acalorados, ya mezclando sin distinción explicaciones y devaneos.
El tono de la charla quedó apaciguado por el Sr.De Melun, notario de Bahía, quien dio una magistral lección de erudición al enumerar los irrepetibles nombres científicos de las aves del paraíso con que se traficaba en los mares cálidos. Increíblemente, algunas de aquellas multicolores plumas de llamativos tonos habían suscitado guerras entre piratas o tribus e, incluso, hasta cambios de régimen de gobierno en algunas islas de aventajada cultura.
El patrón de Casualidades, como cada medianoche, escuchaba con atención imposible de disimular, apoyado en su respaldo del rincón, mientras exhalaba placenteramente el humo del tabaco hacia arriba y escudriñaba el techo, orgulloso del ambiente cordial que envolvía las animadas tertulias de la Taberna y que hacían de Claridades la bahía que todos querían y conocían. Luego, él mismo tomó la palabra, al tiempo que todos callaban, haciéndole un hueco al silencio. Siempre comenzaba a contar la historia en primera persona, para luego terminar por convertirse en un personaje más, mezclado entre los demás y dignificarles, así, con la misma importancia. El desenlace, al final, siempre iba cargado de tintes nostálgicos y entrañables, quizás excesivamente simples, pero don Joaquin era así, un ser adorable parapetado tras su tosca apariencia de marinero rudo.
Quizás fue debido al escuchar el nombre de Coaxtlán, del hogar distante, que dí un respingo en el asiento y me sentí bruscamente transportado a otra realidad, hasta ahora distraída por la atmósfera amena que irradiaban los tertulianos en tan animado ambiente. Quizás fue porque no podía por más tiempo mantener callada mi inquietud y necesitaba con apremio darle salida a aquella especie de congoja que me atreví a contar mi historia, haciéndoles partícipes de mi viajera ilusión, de cómo descubrí Claridades. Fue puro azar que allí mismo tuviera lugar el reencuentro con mi abuelo de quien ni siquiera mi padre supo alguna vez algo que no tuviera que ver con la distancia. Quiso el destino que mi pasión marinera me llevase a realizar el proyecto de recuperar un viejo balandro. Se lo adquirí a un viejo loco apodado el Capitán, que habitaba entre acantilados con la misma familiaridad con que otros lo hacían entre paredes y que, finalmente, resultó ser mi desaparecido pariente. Aproveché para agradecer en público la acogida hospitalaria y cordial en Claridades y, en especial al farero Héctor, quien me avisó del hallazgo del vehículo de mi padre. Evitando el aspecto dramático del hecho y las asperezas de los detalles narré cómo me puse en camino, apremiado por la urgencia, para encontrarme con los restos de mi padre, impenitente viajero, mi ser más querido. Sin embargo, siguió el destino resultando esquivo. Al llegar a Claridades mi padre acababa de despeñarse al mar y, por encima de cualquier contrariedad, me quedó su legado inesperado como regalo. Un balandro, un manuscrito, la leyenda de El Cantor de Olas…
No pareció sorprenderles el relato ni descubrí atisbo alguno de incredulidad en sus gestos. Al contrario, entendí que la leyenda tampoco les era extraña y, aunque callados, asentían con los ojos del corazón entornados. Finalmente, para aliviar la tensión acumulada, concluí por invitar a todo el mundo al acontecimiento marinero de la mañana siguiente, la botadura del DosGaviotas.
Los marineros entonaron el Himno de Bahía, mientras todos levantaban sus jarras al unísono, luego continuaron vociferando y desgranando las mejores baladas del repertorio marinero en controvertido popurrí.



(CONTINÚA... En Capítulo XX)
*De la NOVELA "El Cantor de Olas", (c) Luis Tamargo.-
http://elcantordeolas.galeon.com/olas19.htm

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Jul. 22nd, 2005 @ 04:23 pm Capítulo XVIII: UN DESCUBRIMIENTO
Capítulo XVIII
UN DESCUBRIMIENTO




Después del atardecer, el patrón de Casualidades regresaba a casa. Su esposa, Violeta, atendía la Taberna desde antes del amanecer hasta que su marido volvía del mar. Era el momento preferido de Patricia, la hija de ambos, y el idóneo para que las historias de cada marinero o viajero que por allí pernoctaba salieran a flote, embriagando la atmósfera del atractivo aroma de otros horizontes o, en ocasiones, con alguna asombrosa experiencia no exenta de la moraleja consabida. Esa tarde don Joaquín regresó antes de lo previsto e incluso la Taberna, como si adivinara la importancia del momento, se encontraba más descongestionada de clientes que de habitual, favoreciendo un apacible ambiente propicio a la conversación. Antes de entrar a La Taberna se paró en el muelle frente al balandro restaurado...
-¡Buen trabajo, hijo!
Sus palabras halagaron aún más la satisfacción que me inundaba ante la obra acabada, pero además me agradó aquella expresión cercana pues la relación con Patricia marchaba a toda vela. Quizás por ello o tal vez como respuesta al triunfo obtenido de manos del viejo marino en los acantilados, el patrón de Casualidades me cogió a parte dispuesto a acabar de contarme los detalles de aquella historia que tanto tenía que ver con mi persona... Me hablaba del Viejo Capitán con el conocimiento y respeto de quienes años atrás compartieron otro tiempo, un tiempo especial que a juzgar por el tono quedo y sentido de sus palabras, no andaba lejano sino tan próximo y sencillo como si se girase el pomo de una puerta, siempre al alcance de quien deseara recuperarlo, pues tal era el carácter que el Viejo Capitán imprimía a sus hechos, siempre misterioso aunque no por ello incomprensible.
El patrón de Casualidades conocía bien la historia del viejo marino, me explicaba la relación de los hechos con detalle, incluso disculpaba sus actos sin juzgarlos, al contrario, con el afecto y comprensión de quienes blandieron la amistad como bandera compartida en un tiempo aún no desaparecido. Tampoco me sorprendió, ya casi lo adivinaba cuando suavizó el tono de sus palabras al tiempo que con un leve apretón sobre el brazo, me iba a revelar que aquel hijo criado en Coaxtlán era mi padre, el accidentado en los acantilados de Claridades. Sí, ¡el Viejo Capitán era mi abuelo, el que nunca tuve!... Pero me adelanté:
-Ya lo sé...
-¿Te lo dijo él? -inquirió el patrón, curioso.
-No me lo dijo, a su manera me lo contó -maticé.
El patrón escudriñaba mi expresión a la espera de un gesto débil o de desaprobación y, al tiempo que me apremiaba para que continuara con la historia, apuntó con acierto que todos los hombres en el viaje de su vida llegaban a una encrucijada y que yo había encontrado la mía en aquel lugar, como así se lo mostraban sus antecesores. También mi abuelo, en su devenir, había quedado atrapado en aquella costa. Aquel desastre me acababa de enseñar que el mar permanecía, siempre.
Así fue como volvió a quedar abandonado su DosGaviotas, al fondo de un puerto, triste y agotado de velas, herido de olas solitarias, con el timón rumbo al olvido. Y también él, igual que a los que amó, a pesar de amarles, abandonado entre los acantilados que escuchaban su mismo idioma, atendiendo las súplicas que el mar enojado lanzaba a las estrellas, lejanas y confiadas, riendo en la distancia del océano azul del firmamento, envidiando o tal vez admirando su serena tranquilidad eterna. El abuelo había decidido –y había que respetarlo- que ese sería su sitio, sí, ¡el Mar de Claridades! ¡Cómo no iba a comprenderlo si asumió esa decisión!
-Has tenido suerte, chico... -arguyó el patrón.
-...de encontrarle -añadí.
-De conocerle, hijo -completó don Joaquin.
-Sí... -agradecí las palabras del patrón en su intento por dejarme a las puertas del perdón. Sí, comprendí que no existía otra entrada mejor para continuar viviendo sin rencores ni lecciones atrasadas.
Salí al porche, la historia me había dejado exhausto de emoción. El cielo entero estaba inundado de estrellas. Sentí el brazo de Patricia acariciándome la espalda. Ella tenía a sus familiares en el promontorio saliente del acantilado, podía comprenderme. Con la mirada en el horizonte, sentados en las escaleras del porche de la Taberna, contemplamos absortos el crepúsculo que se cernía sobre el puerto; permanecimos abrazados, nuestros corazones unidos, atentos a una ancestral canción de olas, ya familiar para nosotros, que la voz de un duende invisible hacía sonar a través del silencio...
Fueron siempre momentos especialmente decisivos en los que El Cantor de Olas se me apareció, pero aquella fue la primera vez que lo hizo estando en compañía.


(CONTINÚA... En Capítulo XIX)
*De la NOVELA "El Cantor de Olas", (c) Luis Tamargo.-
http://elcantordeolas.galeon.com/olas18.htm

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Jul. 8th, 2005 @ 11:50 am Capítulo XVII: EL DOS GAVIOTAS
Capítulo XVII
EL DOS GAVIOTAS




El DosGaviotas quedó gravemente dañado en el flanco izquierdo de popa, con el hundimiento del casco y la consiguiente rotura de las cuadernas afectadas. Volvió al astillero, pero pronto fue olvidado.
Lo que al comienzo suponía enfrentarse a un reto, ahora era una obra de arte. Transformar aquel viejo cúter en un avezado queche significaba algo más que duras jornadas de trabajo y restauración, había primero que desterrar la palabra imposible. El barco estaba en precarias condiciones de mantenimiento, sin velas, con la brújula y parte del equipamiento todavía original, aunque a falta de varias piezas que probablemente habrían sido robadas o utilizadas. El Viejo Capitán lo compró a un médico del continente, como se desprendía de algunas notas de viaje halladas a bordo y, en aquellos años, se eliminó el pico y se sustituyó la vela mayor por otra de bauprés bajo y muy largo, quizás con la intención de así facilitar la maniobra para una tripulación reducida. Ahora, ya metidos en faena, se restauraron los interiores sin cambiarlos, recuperando la antigua calidez de la caoba y del latón. El casco de teca sobre cuadernas de roble había resistido muy bien los años de ininterrumpido abandono. La transformación fue gradual, sin modificar el mástil y su posición, para conseguir así aumentar la velocidad sobre todo en la navegación al lasco. De este modo el velaje del nuevo DosGaviotas quedaba bien regulado y podría mantener la ruta sin nadie al timón en las diferentes navegaciones, con sus casi doscientos metros cuadrados de vela. Durante más de dos meses, personalmente o con la ayuda de los artesanos de los astilleros no escatimé desvelos por recuperar las condiciones para navegar. Poco a poco iba tomando forma mi más cuidadosa obra de restauración, reconstruí el espejo de popa, con poca reparación mantuve la bañera original en el centro del barco y, además, prefería navegar sin instrumentación eléctrica. Contemplé mi sueño renacido a base de esmero y tesón. La proa quedaba dominada por un robusto bauprés, afilada y beligerante. La cubierta permitía un amplio espacio para la maniobra, libre e inmensa, incluso en las peores condiciones de mar y viento. Estaba orgulloso de mi barco y ansioso por probarlo, de comprobar sus óptimas cualidades marinas. Deseaba sentir la maravilla de deslizarse sobre la ola encrespada, potente, impulsado por un viento fresco, seguro y veloz.




(CONTINÚA... En Capítulo XVIII)
*De la NOVELA "El Cantor de Olas", (c) Luis Tamargo.-
http://elcantordeolas.galeon.com/olas17.htm

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Jun. 24th, 2005 @ 08:43 am Capítulo XVI: AMOR DE MAR
Capítulo XVI
AMOR DE MAR



Luego vendrían los años de la herrumbre que, de secos, arruinaron el pais. Lo que parecía ya desterrado volvió con la fuerza inusitada de la acuciante novedad, quizás aún más apremiante ahora. Para entonces Nes ya navegaba solo. Atrás quedaron los tiempos de Los Ríos en los que Petra le alentaba con firme constancia para dar sentido a tanto sacrificio. Lejos de retraerle, la crisis vino a desafiar los límites de su intempestivo coraje y, así, optó por la salida más arriesgada. Sin duda, era esta la faceta que indisolublemente iba ligada a su particular carácter. De barco en barco, de puerto en puerto, puso fin así a su avidez de conocimento. No existía otro modo sino en el continuo devenir de rumbos y en el movimiento sin fin de nubes y oleaje donde hallaba consuelo a su insaciable curiosidad vital. Fue así como descubrió Claridades y nada más llegar supo que ese sería su sitio. Antes surcó todos los mares, participó en las expediciones que bordearon la costa norte, en la búsqueda de los caladeros que traerían posteriormente el progreso y la riqueza a la humilde Bahía. También él se enriqueció, al menos lo suficiente para regresar años después empeñado en adquirir el balandro abandonado en el andén de Coaxtlán. Se trataba de una deuda pendiente y se arrancó, así, una espina sangrante que durante años de travesía le acompañó a solas con su conciencia y que le impedía regresar al pasado sin terminar de derrotar aquel frustrado sentimiento de traición en su memoria. Desde aquel momento fue libre y El DosGaviotas le dio alas. Ambos surcaron y costearon puertos de vastos mares. Tantas fueron las aguas que conoció que, al final, quedaron integradas en un solo océano, el mar de Claridades. Por los caminos que el mar sumió iban quedando recuerdos, sentires, amores, quizás incompletos o náufragos, quizás ahogados o evadidos, mas nunca olvidados.
Eran los buenos tiempos y Nes el Largo pudo abandonar los largos trayectos a los grandes bancos del norte para, por fin, entregarse de lleno a recorrer con el recién estrenado DosGaviotas cada tramo de aquella costa, donde ella haría posible la realidad de su nuevo hogar. Conoció a Eva en la Taberna de Bahía Claridades, de vuelta de uno de aquellos lejanos cruceros y no había mas que observar el notable cambio de ánimo y actitud que supuso su aparición en la vida de Nes, ahora más esperanzado y con un brillo de ilusión, antes inadvertido, que bastaban para afianzar la aprobación de quienes le conocían. Tan solo el nacimiento del hijo varón que le dio, fruto de ese amor denodado, podía compararse a semejante pasión desbordada. Si alguna vez el Viejo Capitán se doblegó frente a algo, fue para que hasta el rumor del oleaje fuera del agrado de ella.
Se había embarcado con Eva y dos de sus tripulantes cuando, de regreso, el barco terminó en un acantilado en una noche de furiosa tempestad. Aquella maldita galerna se formó en un santiamén e inesperadamente también desarboló el barco que, a merced de las olas salvajes chocó contra los arrecifes. Se aferró al resto de un madero como a su propia vida mientras los embates del oleaje rompían con desatada fiereza, demasiada impetuosidad para que pudiera resistirlo la frágil delicadeza de Eva. La tripulación fue rescatada, excepto ella. Y el Viejo Capitán no volvió a ser el mismo.
En aquella fatídica noche no solo perdió su barco. Sobrepasado por la tragedia y sin fuerzas para afrontar un desastre de tamaña envergadura se recluyó en sus profundidades. Además, lejos de resolver su tristeza, el hijo tan pequeño y necesitado de los primeros cuidados se convertía más bien en un obstáculo, por lo que lo devolvió al lugar de donde él vino. La familia de Petra en Coaxtlán se hizo cargo de criar al muchacho y, así, sin padre, creció entre ausencias y olvidos.
El DosGaviotas fue su baluarte sagrado, por eso todo se hundió con su naufragio, cuando perdió a Eva, su verdadero amor. Por ello trajo a su hijo recién nacido a Los Ríos, a sus orígenes, de donde él zarpó, para seguir solitario con su vieja pena a cuestas. También la dura y resistente Petra había muerto inevitablemente abatida con el paso de los años, pero su familia permanecía en Coaxtlán; ellos y su hija, que se llamaba igual que su madre, la otra Petra, le cuidarían como a un hijo suyo, velarían porque no quedase privado de nada en su crecimiento allí en Coaxtlán, ellos eran su familia. Él tenía que marchar sin cargas, a solas, pero herido en su libertad. De vez en cuando regresaba al puerto de Coaxtlán, cuando la pena mitigada por la distancia parecía conceder una esperanzada tregua, aunque siempre breve. Le servía para comprobar que el niño crecía bien, sano y feliz. Luego volvía a partir con rumbo lejano, prisionero de aquel mar hondo e infinito, como su propio pesar. Sólo aquellas aguas eran capaces de ahogar su llanto. En aquel mar el brillo de las olas sabía de ella, de su temprana belleza ahogada, del niño triste, hijo de la esperanza que crecía sin padre…

En este punto la voz del viejo marino moduló su tono hondo y lo que antes venía siendo para mí un continuo atar de cabos tomó cuerpo y solidez como el más cierto de los hallazgos, con el eco profundo de la verdad presentida. Lejos de interrumpir al Viejo Capitán dejé que continuara concentrado en su relato. Parecía estar escuchando la voz misma del duende cantor entre las olas:

...Se lo contaban las iridiscencias de espuma, se lo decían al viento asalitrado, a la estrella nocturna que tiritaba silencios a la orilla de puertos y playas...

El DosGaviotas fue su hogar, el balandro que se ganó la fama de intrépido a fuerza de viento y sal, el velero fantasma que persiguió la Amparanza misteriosa, la isla que surgía de la entraña del océano para desaparecer de nuevo entre la niebla profunda. De tanto navegar entre profundidades fue perdiéndose, mezclándose entre cielo y mar, fundiéndose en los mismos horizontes que soñó. Cuando de nuevo la ilusión resucitaba el brillo en su horizonte volvió a perder, condenado a un destino que se empeñaba en no dejarle olvidar lo perecedero de toda hazaña. Podía comprenderlo ahora; lo que antes se presentaba como una premonición se adivinaba ya resuelto, todas las piezas encajaban.
Todo esto me lo contó el viejo Nes de su propia voz, una veces con historias y otras con sus explicaciones, pero consiguió casi hacerme entender que vivir entre aquel mundo de acantilados y gaviotas tenía un sentido y era algo único. Aquel era su mundo y, de algún modo, me estaba haciendo partícipe, me admitía como algo suyo; para mí aquel detalle adquirió rasgo de halago, no podía defraudar aquella confianza.
En varias ocasiones tuve aquella familiar sensación que me envolvía cuando mi padre me contaba la historia de El Cantor de Olas, a los pies de la cama. Escuchaba las palabras del Viejo Capitán transportado a un mundo no perdido, sino recuperado. Cuando Nes el Largo se interesaba por mí lo hacía con preguntas escuetas, directas. Pocas veces preguntó por el mundo del que yo procedía, el que él había dejado atrás. Asimismo se cuidó mucho de no empujarme a definirme en esa dirección, consciente de la fragilidad del terreno. Por su parte, eludía mis preguntas directas y, en cierto modo, habíamos alcanzado un nivel de entendimiento mutuo similar al que mantuve con mi padre, donde un lenguaje propio nos permitía intercambiar significados de un cosmos sólo nuestro. Si algo quedó claro al prestarle mis oídos era que su mundo se sostenía porque era inamovible y que sus horas de navegación representaban su único y vasto patrimonio. Nada más lejos de mi ánimo que resultar descortés, ahora que le conocía ser su cómplice significaba ocupar un lugar más que destacado, un privilegio que no estaba dispuesto a desaprovechar. Sin embargo, al final de su historia, se me escapó uno de aquellos inevitables porqués que tanto me esforzaba en contener...
-Escuchaste a El Cantor de Olas, sabes entonces de lo que hablo... -sentenció el viejo marino, sin oportunidad de réplica.
A continuación, el Viejo Capitán volvió a entrar a la cueva y sacó entre sus manos un polvoriento cofre, pequeño y deslucido. En él guardaba los documentos del DosGaviotas, el viejo balandro que yacía dormido de olvidos en el astillero de Bahía. Acepté el trato, la condición indispensable consistía en seguir manteniendo su nombre original, el DosGaviotas; a cambio me cedía los derechos de propiedad del barco. Después de conocerle aquello era más de lo que podía esperar, pero había luchado por ello con fe y total convencimiento, el trato me pareció justo. No me dejó que le abrazara, pero cuando recogí el cofre le apreté ambas manos y pude sentir la firmeza del estrecho vínculo que acabábamos de firmar. No cabía en mí de gozo, aunque disimulé por no manifestarlo, había conseguido salirme con la mía, ¡por fin!... El DosGaviotas volvería a navegar en Claridades.
De regreso, no pude evitar traer a mi mente el recuerdo y las palabras del viejo marino. Sabía lo que para él representaba aquel cofre e, incluso, el mismo esfuerzo de haber hablado como lo había hecho. Sin duda, el apodo de Viejo Capitán no hacía honor al vital ímpetu de su corazón. Sin duda, la causa del comportamiento de los grandes hombres siempre constituiría un misterio para el resto de los demás humanos. Y de él, bien podía afirmarse que era un hombre libre, de verdad.
Me alejé así, victoriosamente entristecido, guardando el cofre entre mis brazos, como un inapreciable tesoro, inigualable. Sí, mi padre se habría sentido orgulloso de aquel triunfo, el sueño ahora era posible.


(CONTINÚA... En Capítulo XVII)
*De la NOVELA "El Cantor de Olas", (c) Luis Tamargo.-
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Jun. 17th, 2005 @ 06:24 pm Capítulo XV: UNA CANCIÓN MARINERA
Capítulo XV
UNA CANCIÓN MARINERA



En la siguiente ocasión, hallé al Viejo Capitán junto a la enorme roca con forma de cabeza de gato, curioso perfil que daba a esta roca especial ambientación como escenario de nuestras conversaciones. En las sucesivas ocasiones que entablé contacto con el viejo de los acantilados fue a los pies de ese lugar donde nos encontrábamos; sin previa cita se había convertido en el punto de encuentro. La tarde se había echado encima, me había entretenido demasiado a causa de Patricia, la hija del patrón de Casualidades, quien sobre todo desde su definitivo regreso se mostraba receptiva a mis inquietudes y cuya colaboración me había resultado de inapreciable ayuda a la hora de integrarme en este nuevo mundo; al fin y al cabo era el mundo en el que ella había crecido y que conocía por tanto a la perfección. No podía negar que me encontraba a gusto con ella y que su presencia me resultaba atractiva, pero no podía faltar al intento de volver a hablar y de ver al Viejo Capitán aquella tarde, después de los obstáculos sorteados para poder escucharle. Era una noche cálida, de temperatura veraniega, en la que podían distinguirse los senderos que las estrellas trazaban en el cielo.
-Hoy se me hizo tarde -comenté al llegar junto a él.
Sin prestar más importancia a la disculpa, el Viejo Capitán comenzó a hablar al hilo de mis palabras y, atento, escuché el porqué del tono confidente de una historia que prometía...

Cuando la noche caía, sucumbió, se dejó atrapar… Envuelto de terciopelo negro, con sigilo, deambuló a orillas del puerto. Dormía la bahía gris y las luces de neón salpicaban brillos a los charcos de la barriada. Los ojos de los gatos le vigilaban y, también brillaban verdes o, tal vez, amarillos. Tan sólo el repiqueteo de estays en los balandros le ponía cadencia a sus pasos. Al doblar la esquina sonaron voces, jolgorio de muchedumbre, por un instante. Y luego, el silencio otra vez envolviéndole, cual humo de un cigarrillo condenado a no llegar a mañana. Suspiró para adentro y pensó en los suyos, en los que antes amó. Y en la renuncia, el desapego, tributo de su mejor bien preciado, la libertad. Respiró hondo al atravesar el puente y toda la humedad de la noche se acomodó en sus poros… ¿Cuándo le soltarían sus férreas garras? ¿cuándo se vería libre al fin de sus oxidados grilletes?… Por fin, horizonte de mañana.
Pateó con fuerza el suelo repetidas veces con ánimo de hacer entrar en calor sus sufridos pies, casi helados. La atmósfera abigarrada de la Taberna le hizo reaccionar, aunque lentamente. Por eso entró; demasiada humedad de madrugada, incluso, para su gabán. Ahora sí, abrigado y dentro del Café, iba recobrando la temperatura justa. Hasta sus ideas lúcidas afloraron, por fin, fluidas. El olor a café obró el milagro, impensable cuarenta pasos antes. Hizo un gesto al camarero y, mientras esperaba apoyado en el mostrador, observó con detenimiento el lugar.
Siguió con curiosidad el contoneo de la joven camarera, sorteando mesas para posar la humeante bandeja de cafés. Y el manotazo espontáneo que le propinó al barbudo que, descarado, le azotó las caderas. Al pasar junto a él, levantó los ojos, le miró… No supo qué sensación imponente le invadió, un mar de olas embravecidas y acariciadoras a la vez, un océano con sabor a café, la mejor taza que nunca paladeó.
En esto, un maullido apresurado y el frenazo estridente de un vehículo, afuera, sacaron a todo el mundo de sus asientos, curiosos más que asustados. La calle se llenó de voces y forcejeo. Nunca le atrajeron las muchedumbres sino para tomar la dirección contraria, así que dio media vuelta y se concentró en su café solitario, aunque… algo le erizó el vello del alma. La joven camarera, junto a su hombro, como si de verdad ronronease, le sorprendió con su mirada inquisitiva. Y entonces, fue él quien la miró… Por un momento interminable, su luz de luna inundó la gran noche vagabunda. Y la noche verdadera extendió, con complicidad, sus anchos y largos brazos protectores.
Ancha y larga era la noche, como la playa que, iluminada tan sólo por las farolas de la avenida, les respetaban el nido de intimidad recién nacido… Así ella, Eva, reclinada la cabeza en su regazo, confiándose, a gusto, haciéndole sentir bien. La playa se alargaba aún más y una canción de olas la perseguía, acunándola… ¡Rieron! Una gaviota atrevida jugueteaba con las tiras de sus sandalias y tuvo que correr, saltando, para evitar que se las llevara al vuelo... De la Taberna cercana llegaba una melodía de amor que, a ratos, les dejaba escuchar la espuma que rompía en la orilla. La música llenaba sus corazones y, gozosos, se dejaron atrapar por la noche estrellada.
Habría sido delicioso el despertar de aquel sueño si hubiera tenido un lecho más abrigado que la blanca arena de la playa. Se sacudió la arena de pies a cabeza que, al incorporarse, resbalaba por el gabán, rebozado en ella y reseco, después de una noche a la intemperie. La joven había desaparecido, no recordaba en qué momento le dejó a solas con la noche y su sueño… El alba despuntaba sus brillos con nitidez en un mañana gris. Ya saliendo de la playa, sentado al borde del paseo, un viejo pescador de barba canosa extendió su brazo hacia él con un paquete de papel de estraza. Ella lo había dejado para él, no pesaba mucho y lo recogió. Después, al tiempo que ladeaba su gorra marinera, le preguntó si había oído hablar de la Amparanza… Aunque le sorprendió su pregunta, le tomó por un viejo chiflado y contestó negativamente con la cabeza. Ya iba siendo hora de tomar un tentempié para afrontar la jornada y encaminó sus pasos hacia el puerto, al balandro, su hogar. Abrió la bolsa de estraza y, en su interior, un paquete de café le hizo sonreír. Regresó pensativo… ¿La Amparanza?, le resultaba familiar. Una canción asomaba a sus labios, pero no acertaba con la melodía. Y forzó el paso…
Navegó la noche entera. Y en su afán por olvidar se alejó mar adentro, sin descansar. La costa semejaba una espina dorsal hundiendo sus laderas vertebradas en el mar, como si remojase sus brazos de roca al fresco de las olas encrestadas… ¿Acaso la isla Amparanza formaba parte de la leyenda entre los viajeros del lugar o realmente existió…? Algo de cierto aleteaba en ese sueño ideal, en ese tesoro por descubrir. De no ser por su sexto sentido marinero juraría que soñó con ella. Sí, Eva, la muchacha de la Taberna, candorosa y tan cercana su presencia. Si existía el misterio del mar hecho realidad, ella lo llevaba en lo profundo de sus ojos. Sí, era la viva imagen de la Amparanza soñada! Qué grande impresión la de su huella en la arena vagabunda. Él, el marinero, el surcador de olas, a merced del velero de su alma bella…
Debió cambiar el viento, su sentido marinero también debió dormirse. La costa, ahora oscura, era azotada por un mar despiadado. La lluvia gruesa le golpeaba el rostro mientras se afanaba por recoger y poner rumbo a puerto. El horizonte se transformó tenebroso y no era cuestión de jugar a la aventura. Pudo escoger cualquier puerto próximo de varias de las islas o de la costa cercana, pero… ¿por qué? ¿por qué aquel? Quizás por ella. Ella era la explicación, nunca conoció mejor puerto, mejor recaudo para su espíritu libre, que aquel alma joven de isla hospitalaria, por descubrir.
Llegó a puerto, exhausto, cuando la noche caía. Y ella estaba allí, en el malecón, envuelta en el terciopelo de su abrigo oscuro. Eva lo había visto marchar hacía ya dos noches. Por eso, cuando la tarde anterior el tiempo se encolerizó, salió al muelle a avistar su regreso… Algo le dijo siempre que volvería y así fue. Tras la cortina de lluvia reconoció su silueta de marino bragado. Y él también, ya la había reconocido desde mucho, mucho antes. Por fin acudió la melodía a sus labios, justo cuando entraba a su isla prometida!… Y dos gaviotas se arrullaron en una canción…

El Viejo Capitán silbó una canción que no me resultaba desconocida y, con un guiño, me miró fijamente al finalizar su relato. Supe entonces que se trataba de un regalo, era la historia del amor de Nes el Largo.




(CONTINÚA... En Capítulo XVI)
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Jun. 10th, 2005 @ 04:11 pm Capítulo XIV: EL MAR EN SUS OJOS
Capítulo XIV
EL MAR EN SUS OJOS




Nes era muy pequeño entonces:
-¿Cómo es la tierra, Petra?
-¡Redonda, hijo!… -Petra dibujaba con los brazos abiertos un círculo en el aire que el niño seguía boquiabierto, desorbitado de asombro.
-Yo quiero darle la vuelta.
-Más allá está el mar, dicen que el viento le encabrita…
Para Petra la tierra lo era todo, era su vida. En el pueblo, de todos eran conocidas sus habilidades. El cesto de hierbas colgado a su espalda y aquel pañuelo negro que le ceñía la cabeza. Los Ríos era una pequeña población para la que el campo y los animales constituían la base de todas sus ganancias. Para Petra la vida no había sido fácil. Recorría todos los montes y las tisanas de sus hierbas conocían pocos fracasos en el arte de sanar a enfermos y accidentados. Especialmente con la llegada de Nes todo se puso cuesta arriba. Ella le tomó a su cargo cuando le encontró en el interior de su cesto. Sí, su llegada fue muy sonada en Los Ríos. Algunos rumores apuntaban que sus padres, supuestos leñadores emigrantes del norte, lo abandonaron porque para ellos tampoco nada era fácil y que, desinteresados, huyeron en el ferrocarril hacia un horizonte más propicio. Petra hubo de trabajar doblemente y su obligada adopción se convirtió con el paso del tiempo en una presencia gratificante para su solitaria compañía.
Nes iba creciendo, aunque inquieto, pues dentro de él bullía un ascua de ansiedad que le perturbaba en lo más profundo, fustigándole siempre más allá, con los ojos puestos en un horizonte cada vez más lejano. La voz de Petra le sacó del pasmo: "Nes! Mañana empiezas!". "Irás a trabajar con Don Vicente. Te necesita en Coaxtlán".
Al día siguiente, cuando Nes dejó la casa y atravesó la vaguada descendiendo por la colina del pueblo hasta llegar a la estación de ferrocarriles, sintió que aquella ascua le quemaba el vientre. Aquella brasa encendida ardía e iba creciendo en su interior, llenándole, sin hallar sitio por el que salir. Así de azorado ocupó el asiento que le llevaría a Coaxtlán. En el diminuto petate llevaba la paga del pedido para Don Vicente, así como el jornal de dos meses atrasados. Don Vicente se había mostrado tolerante y comprensivo: "En los pueblos chicos todos somos de la misma casa", había dicho. También las palabras de Petra le sonaron gratas: "Pronto comenzará la primavera y a Don Vicente le harás falta".
Don Vicente era un viejo septagenario, exageradamente delgado y huesudo, por el que nada podían hacer las tisanas de la buena Petra. La voz cascada, pero apacible. Su hacienda y sus campos daban trabajo a la mayor parte de la población. Y su cabello blanco, de nieve, le valía el respeto de todos sus convecinos.
Cuando los frenos del tren chirriaron en la estación, a Nes le zumbaron los oídos. Todos los días había hecho el mismo recorrido, pero ahora era diferente. Antes, para recoger los pedidos de Petra. Ahora, iba para ganar su propio jornal. El ascua de ansiedad le apretaba el vientre. Tenía en ese momento suficiente dinero para darle la vuelta a la tierra. Afuera del portalón, la plaza del mercado bullía de actividad. Se detuvo en la entrada. El ascua de su interior también bullía, una llama de ansiedad le inundó el pecho. "Tengo bastante dinero", se dijo. Dio media vuelta y observó el trajín de la estación. En Coaxtlán acababa su viaje. Más allá no había nada. Nes apretó el petate contra su estómago para aplacar las palabras de Petra. El ascua mitigó su ardor y, en cambio, una voz de humo le habló del horizonte de más allá. Sin pensarlo una vez más cogió el primer tren que le llevaría a darle la vuelta a la tierra.
Al ocupar el asiento de cuero rojo, no sabía si le latía el pecho o si era el mismo petate el que temblaba. El compartimento se hallaba semivacío y todo en él desprendía un cierto olor a húmeda novedad. Cuando sonó el pitido del tren, Nes abrió la ventanilla y asomó la cabeza. Al ponerse en marcha, se encogió de nuevo en su asiento. Durante toda la mañana, los más variados paisajes se sucedieron frente a él. Al principio todo se le sugería familiar, aquella tierra no era diferente de la que había dejado atrás, sino mas bien una prolongación de ella. Tierra llana de campos amarillos y verdes apagados, diminutas elevaciones y minúsculos promontorios ocres, que rompían la monotonía de un horizonte limpio. Luego, el tren aminoró, estaba ascendiendo y la marcha se hizo más lenta. Toda la gama de verdes apareció súbitamente, haciendo gala de los matices más insospechados. La niebla, que flotaba rodeando las altas cumbres de las montañas, le distrajo el hambre. Sintió frío y reclinó la cabeza junto a la ventanilla. Aún con los ojos cerrados, multitud de lugares desconocidos y parajes pintorescos se sucedieron sin fin.
Ya bien avanzada la tarde, el agente supervisor le despertó. Nes pagó el billete. El vagón se había llenado en sus tres cuartas partes de nuevos ocupantes. Frente a él, dos mujeres de edad ya avanzada, observaban todo a su alrededor sin intercambiar una sola palabra. Sus vestidos eran de suave tela y bien coloridos. Por un momento pensó en Petra.
La noche lo cubrió todo, vió como las estrellas competían en velocidad con el tren e intentó imaginar cómo de fuerte soplaría el viento allí afuera. Lo que le despertó esta vez fue el murmullo de la gente, con el ajetreo de sus equipajes. Se atusó el cabello y se estiró a sus anchas, sin soltar el petate. La máquina reducía la velocidad y los viajeros se arremolinaban en las puertas de salida. A Nes le dio tiempo de ver el cartel de la estación, antes de que el tren resoplara pesadamente con un estertor: "Coaxtlán. Última Parada".
Se apeó cuando todo el mundo hubo salido. Las piernas, entumecidas, le obligaban a dar pequeños e inseguros pasos. Algo le golpeó la cara en el andén. Era una sensación nueva, extraña, que despertaba su más escondida curiosidad y que, a la vez, le inquietaba. Como un animal lejos de su territorio de caza, olfateó el aire. Caminó, desperezándose, en línea recta y descubrió el motivo de su incertidumbre: el horizonte del mar. Como el más inimaginable de los estanques, mucho más, a Nes le embriagó de asombro. Clavado en el puerto, esperó el amanecer de un día sin sol, gris y neblinoso. En plena resaca de estupor, se acercó a un marino que preparaba los pertrechos de pesca: "¿Qué hay más allá?". El pescador se incorporó y, fijando la vista en el horizonte, le respondió: "Más allá no hay nada, más allá solo hay agua". A continuación posó los ojos fijos en él: "¿Y tú, a dónde vas?". Nes se encogió de hombros, sincero: "No lo sé". "Pues habrás de escoger, muchacho, la línea acaba aquí", replicó, volviendo a la faena.
Durante horas interminables deambuló de uno a otro extremo del puerto, embriagado por el hechizo de aquel aroma a salitre. Al fin, el hambre le sacudió de aquel estado de estupefacta ensoñación. En una plaza adyacente encontró lo que buscaba, una terraza donde poder comer algo que le devolviese las fuerzas necesarias para acometer el nudo de dilemas que estaba ahogando su corazón. Entregado a dicha tarea estaba, cuando ella reclamó su atención. La vió allí, quieta, frente a él, observándole. El, ahora más entero, se dejó observar y, finalmente, sostuvo la mirada. Un aire de importancia le envolvió, le hizo un gesto y ella se acercó. Compartieron la mesa y lo que en ella había y, cuando la chica tragó el último bocado, reinició su anterior actitud. Inmóvil, observándole, pestañeó dos o tres veces. Fue cuando Nes sintió el tirón. En sus ojos vio el océano. El nudo de sus entrañas se convulsionó y una maroma de cabos sueltos cayó sin control. Ella se levantó y Nes le siguió, sin querer dejar de percibir el misterio de aquella ensoñación. Caminaron y descansaron sin mediar palabra, hasta que una fina lluvia les obligó a guarecerse de la tarde. Su cabello casi era de color rojo y sus ojos… Sus ojos eran el mar. Sin hablar, ella le cogió de la mano y Nes se dejó llevar.
Allí, al fondo de los astilleros, un viejo balandro descansaba abandonado. A través de la escotilla entreabierta, sintió el esperanzado calor que desprendía la madera. Dentro, ella se desenmarañó el cabello y, con el mar rugiendo en sus ojos, despojó a Nes de sus ropas mojadas. Se desvistió ella y, juntos, retozaron entre la maroma y el susurro del agua en cubierta.
Al siguiente día caminaron, comieron y nuevamente se amaron, otra y otra vez, una tras otra hasta perder la noción de los días. Aquel balandro se convirtió para Nes en todo su afán. Nada le importaba más y, aunque no sabía su nombre, la tenía ella y ella era lo que había más allá del mar.
Nes ignoraba el tiempo que había transcurrido desde su llegada a Coaxtlán. Aquella mañana amaneció soleada y él despertó ebrio de gozo. Como todas las mañanas, esperó encontrar el cuerpo de la chica a su lado, caliente y suave, dispuesto a dejarse acariciar por sus manos ávidas de deseo. La noche anterior había soñado con su pelo pajizo revuelto entre los colchones del camarote, pero no la encontró a su lado. Se vistió y asomó la cabeza. Allí estaba ella, al otro lado del muelle. Alguien le acompañaba y ambos se alejaban como si compartieran un tesoro de complicidades. Un rayo de ira le fulminó los sueños como un mal presagio. Nes entonces echó en falta el petate y, de un salto, salió corriendo en pos de ellos. Al apercibirse de su carrera, el otro emitió un singular silbido, torciendo la boca con los dedos y, de inmediato, un grupo de muchachos harapientos surgió de entre los barcos varados, cerrándole el paso. Le golpearon hasta hacerle rodar por los suelos. La chica lo contemplaba, impasible, mientras sostenía el petate en su regazo. Luego, en el suelo, lo patearon repetidamente hasta hacerle sangrar. Nes no soportó la tempestad de golpes y se sumió en un sueño distinto, más doloroso. Les vió alejarse entre burlas y risas, repartiéndose el botín.
Maltrecho y sediento de venganza, maldijo su mala suerte. El aroma del mar ya no era nuevo y un sabor amargo de derrota desenredó el nudo que ahogaba su orgullo. Vagabundeó un día más por el puerto sin dar con la chica y con el temor de toparse con aquellos rufianes. Al caer la tarde, una chispa de luz le atravesó el puro entendimiento. Había comprendido, nada había más allá del agua. Le había fallado a Petra y a don Vicente y, lo que era peor, a él mismo. Se encontraba pesaroso y, sin embargo, tampoco podía arrepentirse. A decir verdad, no podía volver con las manos vacías y, además, nadie había extrañado demasiado su marcha.
El buque mercante que partió del puerto en aquella mañana clara fue despedido por la numerosa presencia de los aldeanos y pescadores que desde días atrás esperaron la anunciada llegada del mercante más largo y pesado arribado jamás a Coaxtlán. También Nes debió estar atento a su llegada y, como convencido tripulante, zarpaba hacia el otro confín que, más allá del horizonte azul, tanto le inquietaba. Desde cubierta pudo ver el viejo balandro abandonado de sus sueños rotos, pero el ascua ya no le que quemaba. El viaje sin fin había comenzado...

Cuando parecía que el Viejo Capitán había acabado su relato le miré y pude observar la niebla gris de sus ojos, una sensación de pena honda y triste se apoderó de mí y, por unos momentos, dudé entre abrazarle o levantarme para marchar, pero permanecí allí sentado junto a él; tan sólo atiné a balbucear un agradecimiento tímido, que apenas se dejó oir. Hasta que llegó un momento en que el silencio pesó demasiado y me sentí impelido a hablar.
-Es curioso mi padre también... -necesitaba una explicación, pellizcarme o notar que también estaba allí presente. Ya iba a abordarle con otra serie de preguntas que no cesaban de agolparse en mi mente cuando me interrumpió.
-Sé lo de tu padre, estuvo aquí... -añadió con un asentimiento grave.
-¿Cómo...?
-También venía por aquí, aunque nunca se atrevió a seguirme como has hecho tú.
-Pero, ¿cómo sabe que era mi padre? -pregunté con tono estupefacto por el giro inesperado que tomaba la conversación.
-Se quedaba lejos, observaba, quieto y callado; sólo observaba... Yo sé lo que buscaba.
-¿...Qué buscaba?
-¿Qué va a ser, chico? El mar de Claridades, ¿no lo ves?...
Me quedé pensativo, intentando encajar todas las piezas que, de repente, habían querido mostrarse en forma de clave a un intrincado rompecabezas que el destino hasta entonces había ocultado tras un velo inimaginable. El Viejo Capitán adivinó mi intención lógica de reiniciar la charla con nuevas preguntas, pero me contuvo.
-Otro día continuamos, chico, esa es otra historia.

Aquella noche me resultó imposible conciliar el sueño, impaciente por acudir de nuevo a la cita con el Viejo Capitán. Una multitud de nombres, de personas y lugares se sucedían en forma de preguntas o piezas, se amontonaban en mezcla desigual, en meras coincidencias o en dudas sin resolver: Petra, Coaxtlán, Nes, el Viejo Capitán... Cuando, a la mañana siguiente, Patricia llamó a la puerta con la bandeja del desayuno, me encontró hojeando las páginas del libro que mi padre me regaló por su despedida.
-¿Qué haces? ¿estás leyendo?
-Es una larga historia -contesté, intentando esquivar extensas explicaciones-. Bueno, mejor dicho, es un cuento...
Patricia entornó la cabeza para leer el título.
-El Cantor de Olas -repitió-. Me encantan los cuentos, ¿es para niños?
Dudé antes de responder; en cierto modo no sólo servía para contar a los niños sino que adquiría tintes muy veraces también para los adultos. Él mismo era un ejemplo vivo de que, tras haberlo escuchado en innumerables ocasiones desde la infancia, ahora ya formaba parte intrínseca de su vida y, además de las múltiples lecturas que le permitía, de acuerdo a lo significativo de los hechos más recientes, había adquirido ahora visos merecidos para acompañarle durante el resto del trayecto vital que le quedaba. Sin embargo encontraba cierta dificultad en hacer comprensible esta idea a alguien ajeno a la historia o a su vida; en este sentido, resumirlo conllevaba perder detalles que él consideraba primordiales.
Patricia se dio cuenta del dilema en que me hallaba inmerso y, poco amiga de enredarse con rodeos inútiles, consideró mejor abordar el problema de frente y averiguarlo de forma directa.
-Entonces, cuéntame -sugirió, sentada al borde de la cama.




(CONTINÚA... En Capítulo XV)
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Jun. 5th, 2005 @ 10:06 am Capítulo XIII: EL ENCUENTRO
Capítulo XIII
EL ENCUENTRO


Sin embargo, una tarde casi pude llegar hasta donde estaba lo que parecía su hogar, un cobertizo de helechos precedía, a modo de porche, a aquella oquedad en la roca, una gruta dentro del acantilado. Sentado en una pequeña piedra pude observar, desde la entrada, parte del interior. La pared de roca estaba cubierta de estanterías, mayormente objetos, aunque podían distinguirse algunos libros, un catalejo, cofres, también un sextante y hasta le pareció vislumbrar el marco de algún cuadro colgado o, tal vez, se tratase de una carta náutica… El caso es que el Viejo Capitán sabía de mi llegada y, lejos de inquietarle mi proximidad, seguía empeñado en ignorarla. Podía oirle dentro de su cueva mover cachivaches e incluso comenzó a susurrar una canción cuando salió al exterior tendiendo en la mano una taza de té. Lo tomé sin rechistar, ahora era él el silencioso o, tal vez, silenciado. Y entonces le escuché, el Viejo Capitán habló y lo hizo con ganas contenidas, explicó cómo llegó hasta allí, cómo descubrió Claridades y por qué dejó todo lo anterior por su amor al mar, si alguna vez tuvo algo. Narró con deleite parte de sus exploraciones mejor recordadas, sin olvidar el detalle curioso o culto ni tampoco la moraleja sabia del hombre que se construyó a sí mismo aún a riesgo de naufragios. No había quejas o lamento en sus palabras ni tampoco en el tono pausado y convincente que las imprimía.
Y, de repente, como si estuviera deseoso por sentirse escuchado, pareció dar rienda suelta a todo su caudal radiante de conocimientos, de enseñanzas calladas durante demasiados días solitarios, sin importarle las pausas, mas que para tomar aliento y respirar, para dar el tono apropiado de la expresión, porque era la vida lo que le iba en ello. Era la historia del Viejo Capitán...





(CONTINÚA... En Capítulo XIV)
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May. 21st, 2005 @ 08:04 pm Capítulo XII: EL VIEJO CAPITÁN
Capítulo XII
EL VIEJO CAPITÁN



Detuve el vehículo al borde de la carretera comarcal que comunicaba la Bahía con la costa. En la taberna, fueron Héctor y don Joaquín quienes me habían informado previamente de que sólo a través de caminos vecinales era posible acceder a los acantilados del Arco de la Media Luna. El camino que escogí, cómodo en un principio, comenzaba a complicarse a medida que cruzaba las extensas fincas que se adentraban en verdes prados inmensos y que se deslizaban en ligera pendiente hacia el mar. En su tramo final, cuando la línea del horizonte se encontraba a la altura de la vista, desaparecía todo vestigio de sendero, borrándose, para seguir caminando sobre la hierba, gruesa y lacia, que la brisa oceánica mantenía continuamente peinada. En frente, se levantaban las enormes moles de piedra que configuraban los acantilados. De cerca, algunas de aquellas paredes de roca sobrecogía por su altura, desafiando airosas al pujante avance de las olas.
Seguí las indicaciones puntuales que el farero y el patrón de Casualidades me detallaron con antelación. Atravesé varias de las fincas, saltando los muros de piedras que delimitaban sus lindes. Cuando avisté el gran socavón, aquella depresión de terreno que, hundido, caía al acantilado y la roca grande en forma de cabeza de gato, advertí que ya me encontraba próximo al escondrijo del Viejo Capitán.
Me habían contado que si alguien podía conocer a fondo y cada palmo de aquella costa y el mar que la custodiaba no podía ser otro que el Viejo Capitán. También me advirtieron de su carácter reservado y un tanto excéntrico y, en efecto, el mero hecho de habitar solitario entre aquellos impresionantes acantilados así lo demostraba.
Mi inquietud por la navegación me acompañó desde la más temprana infancia, aunque reconocía que desde que descubrí Claridades esta afición adquirió rango de ferviente pasión. El interés por aprender creció y, al mismo tiempo, aumentaba mi sed de conocimiento de las artes náuticas, de la fauna marina y la flora circundante, de la costa y los secretos de aquel mar que ya me había conquistado, sin demasiada oposición por mi parte. Por entonces era como si la Bahía me hubiese descubierto y, hechizado, todo acontecimiento se sucedía premonitoriamente, como si adivinase el siguiente paso que iba a ocurrir y que, sorpresivamente, así sucedía para mi regocijo.
De esta suerte, el hallazgo del viejo balandro, un cúter de principios de siglo, abandonado en los astilleros de Bahía y, aunque destartalado, su posibilidad de recuperación, me abrieron las puertas de un mundo nuevo, el de la aventura que continuaba, que salía al encuentro sin oportunidad de negarse. El patrón de Casualidades había asegurado que un buen emplastamiento y un baño de barniz pondrían fin a la broma que amenazaba con carcomer la madera del antiguo velero. Me contó cómo el Viejo Capitán lo dejó allí varado cuando abandonó la Bahía y desapareció. Más tarde supieron de sus erráticas andanzas por los acantilados del Arco de la Media Luna, pero si ya anteriormente era difícil el trato con su áspero carácter, después de su marcha aún se complicó mucho más, volviéndose prácticamente inaccesible.
Mi determinación por llevar adelante el proyecto era firme e inflexible, fiel al tributo que mi padre había contraído con aquel océano, ahora ligazón única y obligada. Las indagaciones en el puerto y, luego, la información obtenida en la Taberna marinera me habían llevado hasta allí, al abrupto acantilado en busca de un viejo loco, capaz de vivir con gaviotas por tejado y en compañía del mar, sin necesidad de nadie más… Sabía bien lo que quería, aunque desconocía el modo de comenzar. Quizás callara o le rehuyera, pero únicamente lo sabría estando frente a él.
Por fin, al alcanzar lo alto del empinado montículo seguido al socavón, le descubrí, subido a la roca, oteando el horizonte como si olfatease las nubes que desfilaban solemnes frente a él, mientras el viento marino ondeaba su blanca cabellera. Su figura esbelta, de lejos, no hacía pensar en nadie de avanzada edad. Alguna fibra de su avispado cuerpo debió de tensarse al percibir mi presencia. Siguió sin inmutarse, aunque observándome de reojo, mientras más me iba acercando con paso calmo y natural, pero cauto. Paré a pocos metros y adopté también la posición del oteador de horizontes. El sostuvo el desafío, tan acostumbrado que estaba al silencio parecieron transcurrir millones de años en cada segundo. Y así continuó, desoyendo la proposición de conversar, impertérrito a su declaración de intenciones, al sentido del viaje y a los porqués que a cualquiera normalmente le hubieran preocupado. Nada, no conseguí un gesto, igual que si le hubiera vociferado a cualquier roca del acantilado. Volví al día siguiente y, también, a la siguiente semana con el mismo resultado. En algún momento llegué a levantar excesivamente la voz ante su impotencia por obtener una respuesta, pero lo más que hizo fue echar a andar entre los prados verdes, sorteando alguna linde de muros de piedras, mientras le seguía de lejos, asombrado de su terquedad.


(CONTINÚA... En Capítulo XIII)
*De la NOVELA "El Cantor de Olas", (c) Luis Tamargo.-
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May. 14th, 2005 @ 03:13 pm Capítulo XI: ISLA DE LA AMPARANZA
Capítulo XI
ISLA DE LA AMPARANZA



Aquella noche el patrón de Casualidades ocupó su sitio en la Taberna, como de costumbre, en la amplia mesa redonda del fondo que Violeta le reservaba a su llegada, bajo los candiles. Y ansioso por liberar la tensión acumulada cenó esta vez rápido, ávido por tomar la palabra. Todos los presentes entendieron enseguida la espontánea predisposición de don Joaquín para hablar y, discretos, se apostaron a su alrededor dispuestos a no perder detalle alguno de la singular historia...

Regresaba de las aguas más septentrionales rumbo a la costa de Claridades, aunque aún faltaba algo más de un día para atisbar tierra firme. El viaje fue largo y acompañó un clima benévolo a la vuelta. La mañana diáfana y soleada le animó a dejar el mando en manos del piloto automático y así entretenerse en cubierta en limpiar y revisar las cartas. Aunque el horizonte se fue nublando a medida que avanzaba el día y un viento más frío encrestaba las olas de un mar cada vez más grisáceo, continuó confiado y absorto en el estudio de sus cartas náuticas, algunas de ellas necesitadas de una urgente actualización. Atrás iban quedando jirones de bruma que deshilachaba el viento y, mientras recogía, ya tenía la certeza del empeoramiento al que se avocaba inevitablemente la tarde. Sin embargo, de repente, un estruendo ronco de piedra y agua le sobrecogió. Un farallón inmenso de roca se levantaba frente a él y la espesa niebla no dejaba ver su final. Viró rápido, manteniendo en el timón un duelo tenso, casi sobrehumano, intentando reaccionar a tiempo para evitar la colisión con aquella piedra surgida sin avisar de adentro del mar. Ciertamente, no podía explicarse cómo no le trago la enorme pared rocosa que, peligrosamente, rechinaba al paso de la embarcación, a escasos metros. Entre el casco y el acantilado crujían las olas, amenazadoras, mientras la bruma se pegaba al rostro y cada músculo se tensaba en alerta en torno al timón, esperando el embate irremediable del pétreo acantilado. Sin embargo, como el descorrer de un pesado telón, la pared dio paso a una cala inhóspita, una diminuta bahía natural amurallada por los islotes del acantilado que guardaban una playa de arenas rojas y aguas extremadamente azules. Más allá, la vegetación se extendía densa, poblada, hacia arriba de la dura peña montañosa que, a modo de cono truncado, se perdía dentro de una nube cenicienta, invisible. Observó incrédulo el admirable entorno, ahora sin la tensión sostenida con el desafiante oleaje. Como un rayo de luz se le vino a la mente la leyenda de La Amparanza, de la que oyó relatar su misteriosa apariencia a los pescadores más veteranos de los puertos costeros de Claridades, sin nunca imaginar que la realidad pudiese resultar tan palpable y evidente frente a una leyenda. De súbito, una sacudida brusca le obligó a aferrarse al timón con denuedo, de nuevo la lucha brutal volvió a desatarse con toda intensidad. Esta vez, pensó, las malditas rocas de aquella isla fantasma echarían al traste con toda la embarcación. Casi cerró los ojos, pues la niebla ahora ni dejaba ver y, además, hería el rostro con su gélido aliento, así, derrotado en esfuerzos, a la deriva, casi presintiendo el choque inminente, no quedaba sino esperar el último y definitivo desastre... Parecía haberse detenido el tiempo, como si una eternidad transcurriera en la fatal espera de los segundos finales, de un desenlace presentido que se retrasaba, quizás demasiado para tratarse del verdadero fin. Al fondo, el halo claro de la luz del cielo iba ganando en intensidad, iluminaba el cese de la niebla, de la bruma que, debilitada, se iba apartando... Hasta que no quedó ni rastro y la niebla desapareció. Miró hacia atrás con idéntica incredulidad y nada encontró tampoco que delatara su aparente presencia. Tan solo a lo lejos una ligera bruma que esconde un tesoro imposible, la isla que viene y va...
A la pausa sostenida le siguió el vocerío de pescadores, que se dispersó hacia el mostrador entre murmullos y en busca de otra bebida con la que refrescar el gaznate; una voz apostilló sobre los riesgos del alcohol y las risotadas histéricas sucedieron a las palabras, que cedieron sin resistencia.
Héctor me hizo un gesto para que le siguiera; salimos afuera y me senté junto a él, en el porche de la entrada. Allí, en tono confidente, continuó el curso de la historia iniciada y atendí las palabras de aquel hombre serio y respetado y cada matiz que las imprimía para demostrar la veracidad de los hechos narrados.
Fueron siempre contadas las ocasiones en que La Amparanza le atrapó, según las palabras del propio Héctor. En una ocasión llegó a pisar su arena rojiza, gruesa como sal gorda, sobre la que curiosamente ningún ave osaba posarse, aunque sí sobrevolaban las rocas, respetuosas. La estancia en La Amparanza siempre era breve y ocasional, nunca obedecía a la voluntad propia o deseada. Una bruma fantasmal solía envolver la atmósfera que precedía a cada encuentro y aparición de la isla y, de igual modo caprichoso, se abandonaba y salía de su espejismo. Algo le decía que era ella, la isla, la que elegía el momento, la que decidía la situación oportuna para permitir adentrarse en su mundo...
Al finalizar su relato, Héctor respiró hondo, como si tratara de aunar los recuerdos que aún mantenía vivos y acudían solícitos al evocar la imagen de un espejismo.
-...¡Te aseguro que ni el patrón ni yo estamos borrachos, chico!
-No lo pongo en duda -traté de tranquilizarle-, pero tengo que hablar con él, Héctor, como sea...
Según él, era la historia preferida del Viejo Capitán, asegurando habérsela oído narrar a él mismo de viva voz. Así, con semejante fervor y pasión, hablaba el Viejo Capitán de los misterios de Claridades. Fue tal la impresión causada por aquella increíble experiencia que desde entonces El Viejo Capitán dejó de dar importancia a la credulidad o no de los demás. Aquel descubrimiento le embargaba el ánimo y acrecentaba inimaginablemente su emoción y curiosidad, incapaces de ser contenidas. A partir de entonces le resultó imposible negar que las salidas a mar abierto se hicieran más y más frecuentes, sin poder ocultar que en el fondo albergaba la remota posibilidad de vivir otro avistamiento de la fabulosa isla, desafiante a todo raciocinio y lógica humana.
El guarda del faro llegó a compartir su afición marinera en alguna travesía, como él decía, en los buenos tiempos, con Nes el Largo, como allí se le conocía. En aquellos tiempos mozos ya adolecía del introvertido carácter que nunca abandonaría al Viejo Capitán, aunque su temperamento indómito parecía obedecer a un misterioso resorte que lo empujaba siempre más allá. El Viejo Capitán vino del continente adentro, abandonó su familia y su trabajo para embarcarse en busca de un horizonte nuevo, atraído por la canción de más allá del océano. Eran los comienzos de Bahía, cuando la pesca atraía embarcaciones y los caladeros rebosaban, cuando el puerto crecía al ritmo de las gentes que laboraban cada día sus ilusiones con inusitado tesón. El puerto, la playa, las casas encaladas remontando el acantilado… Bahía Claridades no había cambiado tanto con los años, tal era su encanto.
-Está bien, chico, allá tú -exclamó el farero aspirando la columna de humo que ascendía de su pipa-, no dirás que no te advertí...
La Taberna de Violeta era el punto de encuentro, allí conocieron historias nuevas o curiosas, antiguas leyendas de antaño, algunas ya versiones desgastadas a fuerza de repetir, de boca en boca, alejadas del original, de oído a oído, a la luz de la cómplice camaradería de los candiles, en noches de canciones y borracheras de madrugada; eran los buenos tiempos. Y hoy tampoco eso había variado demasiado, aún podían escucharse relatos de otras tierras en las noches marineras de la Taberna.


(CONTINÚA... En Capítulo XII)
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May. 5th, 2005 @ 07:51 pm Capítulo X: CAMBIO DE RUMBO
Capítulo X
CAMBIO DE RUMBO



Volver a Claridades, el lugar donde descansaban los restos de mi padre, el lugar que descubrí por accidente pocos meses atrás, volver, volver... No podía dejar de dar vueltas a esa idea que ahora había venido a ocupar el centro de todas mis inquietudes. Nada de las tareas diarias que antes me ocupaban era capaz de desterrar esa especie de ensimismamiento que me había conquistado desde que conocí Claridades, no era capaz de pensar en otra cosa y mi corazón iba más rápido que mis pensamientos. Sin duda no era el mismo, la muerte de mi padre me había cambiado o, mejor, había traído una disposición diferente frente a la vida que parecía ahora exigirme un cambio radical, algo más acorde a un sentido también nuevo. Sí, de algún modo era volver a comenzar de nuevo.
Mi trabajo, mi futuro inmediato, podía posponerse, todo resultaba prescindible; nada conseguía satisfacerme, nada capaz de sustituir la ambiciosa misión de recuperar el viejo velero y entregarlo al mar, pero a aquel mar de Claridades... Había algo en aquellas aguas que me pertenecía y que no estaba dispuesto a dejarme arrebatar. Ese era el reto, atrayente como la mejor de las aventuras, pero disparatado para lo que hasta entonces había formado parte mi vida...
La resolución no sólo ya estaba tomada sino que, además, me imprimía una certeza calculada a lo que inevitablemente iba a ser desde ese momento el cauce por dónde transcurriría mi vida; era como si dispusiera del don de manejarla a mi antojo. Algo similar a la llamada de la sangre, difícil de comprender y donde toda palabra resultaba insuficiente. Me sentía animado por un impulso superior, una poderosa sensación que derrotaba al desconcierto y descubrí que, además de confortarme, si me dejaba llevar por ella, sabría abrirme camino. Era bien consciente de lo difícil que había sido llegar hasta allí, los esfuerzos de toda una vida de trabajo de mi padre para abordar mi futuro fuera de casa, en otra ciudad. Pero mi padre fue siempre un apoyo incondicional, regresaba a casa en cada vacación o en algún desahogado fin de semana y seguíamos unidos a pesar del tiempo y la distancia. Esa era la lección que mi padre había querido que aprendiese en libertad, sin asperezas; y el único modo de terminar de aprenderla era ponerla en práctica. Sí, éramos dos gotas idénticas en ese sentido. Y ahora que él faltaba no quería fallar a esa promesa, me preocupaba más que nunca no defraudarle. Cierto que se habían desmoronado algunos muros hasta ahora insalvables, antes imperceptibles; por ejemplo ya dependía sólo de mí mismo, no debía preocuparme por ningún otro ser querido cercano, pero esa libertad me ataba a la más tirana de las soledades. Un camino nuevo debía abrirse ante mí, tal vez esa misión, ese proyecto en que poner la fe con ímpetu. Había aprendido a escuchar esa voz que hablaba por mí, siempre me venía el recuerdo de la historia que mi padre me enseñó, algo más que un cuento, el último recuerdo que había destinado para mí. El Cantor de Olas existía, al menos lo asociaba a un susurro íntimo y misterioso que en ciertos momentos parecía salir a flote. Como en el cuento, escuchar a El Cantor de Olas siempre auguraba mágicas novedades, impredecibles consecuencias; sólo que ahora ya no eramos niños. Pero sí nos había servido este ejemplo para ajustarlo a la medida de nuestras explicaciones y había sido un modo de mantenernos comunicados a pesar de las distancias, a través de las ausencias. Ahora, esa voz tenía vida y sentido propio, acaso ajena o mojigata para otros, extraños al jeroglífico de este idioma íntimo, pero no para nosotros; tan sólo para nosotros tenía nombre y sello propio, ese era nuestro modo de entendernos y hacernos entender. Por ello, tenía la absoluta certeza de que él habría entendido e, incluso estado de completo acuerdo, con el cambio radical que iba a imprimir a mis días venideros. No estaba a gusto con el modo de vida llevado hasta ahora ni me llenaba y, debido a estas últimas circunstancias, estaba dispuesto a dejar lo que había sido mi discurrir habitual para emprender un futuro nuevo. Para mí, aquello era una despedida del mundo anterior y así lo traté, con respetuosa delicadeza, sin abusar de las palabras, pues nada había que remendar, tan sólo dije adiós a lo que había muerto, sin mirar atrás; de alguna manera también algo había renacido.
Mis pasos avanzaban ya hacia la costa de Claridades, por una vez sabía a dónde ir y qué hacer.



(CONTINÚA... En Capítulo XI)
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May. 3rd, 2005 @ 02:32 pm Capítulo IX: POR EL PUERTO
Capítulo IX
POR EL PUERTO



Esta vez me despertó el ruido de las sirenas de Los Casualidades que, con los motores de las lanchas, pusieron en marcha una mañana perezosa. Al poco, Patricia, la hija de la señora Violeta, tocó en la puerta de la habitación con el desayuno recién preparado, tal como se lo había pedido la tarde anterior, cansado como llegué de mi primera excursión por los acantilados. El padre de la chica, el patrón de Casualidades era la persona más indicada para resolver cualquier duda, me argumentó ella, en respuesta a mi bombardeo de preguntas, por lo que dediqué el resto de la jornada a ordenar mis cartas y libros y, pausadamente, a intentar ganarle la partida a las prisas. Aproveché la tarde para recorrer los entresijos del puerto y alrededores. La tarde anterior me pareció haber visto al fondo del astillero un viejo barco abandonado y, a pesar de su destartalado aspecto, me llamó la atención su elegante porte marinero. En el paseo por el puerto descubrí pequeños talleres artesanos que mezclaban su repiqueteo de herramientas con el graznido intermitente de las gaviotas. Al final del viejo espolón, donde acababa el puerto, el farallón del acantilado dejaba ver la cúpula del faro arriba, dominando la Bahía desde Punta Roque.
La población de Bahía Claridades era primordialmente marinera, vivían del mar y, gracias a él, disfrutaban de una generosa y humilde riqueza, eso sí, obtenida a base de trabajo y constancia, resultando difícil concebir aquí la naturaleza ociosa de carácter permanente. Es por eso que las labores compartidas, donde la colaboración se convertía en tarea necesaria e imprescindible, favorecían a crear el particular carácter de sus gentes, laboriosas y solidarias, sabedoras del inapreciable valor de disfrutar del entorno natural y limpio, silencioso y tranquilo, de los lugares pequeños y recónditos, casi desaparecidos, donde la vida seguía manteniéndose sencilla, como en su Bahía. En realidad, Bahía Claridades era una isla, aunque el puente forjado que une el estrecho tramo que la separa de la costa la convierte en una obligada península artificial. Esta ruptura en la continuidad geográfica con el continente, aunque breve, y a la que además contribuye el enorme farallón de acantilados que caen en picado sobre el mar y donde se cobija la población, se manifiesta también en la mentalidad y define el peculiar carácter de sus gentes.

No fue hasta la noche cuando llegó don Joaquín a la Taberna. Me aconsejó que preguntara a Héctor, el farero, acerca del viejo balandro abandonado al final del muelle por el que me había interesado. Don Joaquín me hizo un gesto, imitando el porte altanero del farero en cuanto este hizo acto de presencia y ocupó su sitio habitual, al extremo del mostrador. Sonreí para mis adentros la gracia del patrón, pues en efecto, Héctor respondía al modelo imitado, de aspecto recio, fornido, aunque de carácter apacible y suave, dentro de la rudeza que parecía corresponder a su fuerte complexión. En sus años jóvenes debió destacar por su atlética constitución y rivalizar por ello. Es así que conoció la dureza de la vida marinera y compartió faenas y travesías con aguerridos navegantes, desde los pescadores más empecinados hasta los más elegantes marinos, como se desprendía de sus palabras que, en tono afable, no dudó en dar rienda suelta ante mi interesada curiosidad. En uno de esos viajes coincidió con el Viejo Capitán, con quien tuvo ocasión de repetir travesías durante largas temporadas, aunque más tarde, como hombre previsor y amante de la seguridad, prefirió hallar cobijo al amparo de tierra firme. Llegar a ser el guardafaros de Bahía Claridades le supuso el mejor de los sacrificios y el único que había valido la pena. Otros construyeron su porvenir sin los beneficios derivados de emplear una herramienta tan útil como la sensatez o, al menos desde fuera, así podía parecerlo. Tal fue el caso de Nes el Largo, del Viejo Capitán, como Héctor gustaba en nombrarle, sin dejar de utilizar un tono afectuoso al evocar su memoria. Esa fue la primera vez que oi hablar del viejo marino y el farero me explicó que tenía bastante que ver con el cúter abandonado al final del puerto del que me había enamorado.
-Yo llamo a todo balandro... -me excusé, eludiendo el guiño que el farero me lanzó.
En ese momento, Patricia, la hija del patrón se acercó con una bandeja y Héctor bromeó con el contenido desigual de las copas que habíamos pedido; le cedí la mía, un poco más cargada y, aunque reímos, esquivé la mirada de la chica, más preocupado por el cariz prodigioso de algo más que una anécdota singular. Me sorprendió la historia de un hombre viviendo solitario entre los acantilados, pero el farero aseguró que aquella costa escondía tales tesoros que un hombre como Nes el Largo podía perfectamente mantenerse vivo con tal peculiar modo de existencia.
-Te aseguro que no tiene un ápice de loco, aunque te lo parezca -enfatizó el farero al tiempo que me invitaba a tomar otro trago.
El manto gris de la tarde empañaba el horizonte de barcos que se mecían calmos en el puerto y, dentro del bar, una atmósfera tenue de humo y voces hervía entorno a las mesas. Convertido en un tertuliano más del lugar ni siquiera me sorprendí cuando comenzó el turno de relatos en la Taberna de Claridades, sabor auténtico de las tardes en la Bahía. Héctor, a mi lado, enseguida tomó la palabra y narró la historia de aquel albatros gigante que recuperó, herido en la playa y que durante varios meses se ocupó de curar en la habitación del faro. A todos les contagió también la emoción del dolor y lo hermoso del especial acontecimiento que constituyó echarlo a volar, por fin libre, una vez restablecido. Sin esperarlo ni siquiera haberlo presentido, me encontré así involucrado de lleno en el ambiente y en las historias que se iban sucediendo entre ellos.
El patrón de Casualidades le siguió después en su turno, mientras me iba dando cuenta de que mejor sería prestar atención y cesar de acometer con más preguntas, demasiadas y desordenadas, pues quizás aprendiera el modo de encontrar lo que buscaba con solo escuchar. El patrón de Casualidades relató la historia de La Amparanza, isla fantasma que surge de la bruma para desaparecer igual de repentina con su misterio. Y la isla de San Borondón, que aparece y se deja ver, al contrario, cuando el horizonte está claro y despejado. También habló de la antigua ruta del Café, cuando los barcos recalaban en lugares hoy no solo insospechados sino quizás ya inexistentes como Puerto Alegre, La Escondida, isla Ilusión… Algunos de los más veteranos, asentían de haber anteriormente oído sus nombres si bien tampoco llegaron a conocer sitios tan remotos. Para todo viajero, viniera de tierra o por mar, la parada en la Taberna del puerto era de cumplimentada obligación si quería poder decir que verdaderamente había visitado o conocía Claridades.
Aquellas últimas tardes en la Taberna de Claridades, con sus tertulias de marinos y pescadores, me cautivaron, se grabaron en lo hondo, dejándome absorto, aunque sin conseguir borrar del todo la noción del tiempo; casi había olvidado que pertenecía a otro sitio que me reclamaba, que me recordaba que había ya de regresar.


(CONTINÚA... En Capítulo X)
*De la NOVELA "El Cantor de Olas", (c) Luis Tamargo.-
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May. 1st, 2005 @ 03:38 pm Capítulo VIII: UNA AMIGA FIEL
Capítulo VIII
UNA AMIGA FIEl


Era necesario atravesar la Bahía para alcanzar el Cabo Velas y cuando la marea estaba baja ello conllevaba un notable retraso, obligados a bordear la Canal; si la marea era viva podía hasta duplicarse el tiempo a invertir en cubrir la travesía. Una vez en la orilla el acceso a la playa del Mediodía era posible gracias a un pasillo de roca exterior al acantilado, a través de la Cueva de El Francés. La bautizaron así a causa de un biólogo galo que habitó esos lares mientras estudiaba las colonias de aves y la flora autóctona de la zona, quizás, eso sí, en contacto demasiado directo con los elementos del estudio. Fue así que la cueva sirvió de hogar y despacho para elaborar sus informes de campo. Entre los lugareños, sin embargo, El Francés fue considerado primeramente como un náufrago y, después de observada su inhabitual conducta, como un loco y estrafalario vagabundo, pues sin abandonar nunca las fronteras impuestas entre aquellos islotes, deambulaba semidesnudo, solitario, cobijado en la gruta y sin que nadie pudiera explicarse de qué se alimentaba y cómo pudo aguantar tanto tiempo en tales precarias condiciones. Un día desapareció sin más, ya no se le volvió a ver. Nadie frecuentaba la playa del Mediodía, algún pescador que se acercó aseguraba que las gaviotas soportaban con indiferencia la presencia humana.

Era el único pasajero de aquel último trayecto de la tarde y, de un salto, me apeé cuando la lancha vadeaba lenta y próxima a los islotes. La cortina de lluvia no iba a convertirse en impedimento para intentar llevar a cabo mi inicial propósito y, resuelto, ahora que la tarde regalaba una tregua de luz, me apresté a recorrer el acantilado con objeto de conocer el lugar exacto donde tuvo lugar el accidente de mi padre. Ni rastro de restos del vehículo entre las rocas ni en la playa. La pared escarpada caía a pico sobre el mar, entre puntiagudas aristas, desde la estrecha pista que ascendía en sinuosas curvas que esquivaban el desnivel. Sin duda, un lugar inapropiado para conducir un vehículo y, sobre todo, de noche. No hacía mas que preguntarme lo que atrajo a mi padre hasta ese apartado paraje, debió ser algo lo suficientemente importante para merecer el riesgo. Desde allí, me dejé cautivar por el panorama idílico de las gaviotas en la playa, me llamó la atención su elegante vuelo entre las olas y, contemplando el arte de las acrobáticas piruetas con que adornaban el cielo, así, hermanándome al mar, me dormí en la playa, tendido y amparado en la cálida arena, recostado entre las rocas, hasta que sobre el cielo desteñido del atardecer unos nubarrones cenicientos acompañaron, fríos, a un viento ahora más impetuoso.
Fue el azote del viento en el rostro lo que me despertó. La arena de la playa también había perdido su cálido manto original y, despojado de su abrigo, incómodo y molesto, me incorporé presuroso con la determinación de poner mis pasos rumbo de vuelta a la población. Me había alejado demasiado y ahora la lluvia se animaba en conquistar cada resquicio de tarde. Las botas mojadas, pesadas por el agua, dificultaban la subida por el acantilado arriba y la marcha rápida por senderos adivinados, casi inventados al borde mismo del acantilado.
Un graznido ronco de gaviota me advirtió del peligro, del precipicio cercano. Pude vislumbrar a través de la película de agua que me bañaba la cara, la silueta gris del ave planeando lento a mi lado, casi a la altura de mi hombro. Instintivamente, desviándome en cuatro largas zancadas, arriesgadas, topé con el camino vecinal, ahora embarrado, que enlazaba con la carretera comarcal. Aún me separaban de Claridades varios kilómetros y tuve que realizar a pie el trayecto hasta el apeadero más próximo, mientras la lluvia arreciaba fina y tímidamente. Cuando el autobús llegó a las inmediaciones del barrio de pescadores la tarde dejó paso de nuevo a un brillo tenue que alegró las calles empedradas, vacías de gentes.
Ya en la habitación del hostal, en La Taberna, me desembaracé de la maltrecha vestimenta y, cansado por la carrera y la llovizna incesante, me dejé caer rendido en la cama, me cubrí con las mantas hasta el mentón y aún pude observar el agrisado tono del cielo que asomaba por la ventana del ático. Después, en apenas un instante, me quedé de nuevo dormido, exhausto, profundamente. Como entre sueños reconocí el acantilado que momentos antes había recorrido en distraído paseo. Observé las oscuras rocas de aristas arrugadas y el estrecho sendero de arena que bordeaba el canto de la costa. Podía escuchar el rumor cercano del mar y los graznidos de las gaviotas de sonora estridencia, saludándome allá arriba. La tarde llegaba a su fin y, en bandadas, las aves regresaban hacia el este, a su hogar. El islote de Los Pájaros flotaba entre el dorado tono del oleaje como un paraíso perdido, un nido prometido.
...Allí estaba la gaviota, azuladamente gris, posada en la repisa de su ventana, recortada sobre el tamiz nublado, pero calmo del cielo. La gaviota me saludaba, me preguntaba qué tal estaba, cómo había ido todo, si ya me encontraba a salvo. Se preocupaba por mi bienestar, antes al borde del acantilado y, ahora, cómodo, recostado en el lecho. Así, desplegó sus alas en lento batir y abandonó la ventana para reemprender el vuelo...
Me pareció haber escuchado cómo me hablaba el ave. Me pareció haberla visto allí, en la cornisa, despidiéndose para reiniciar su viaje y remontar hacia lo alto... Me pareció contemplar su sonrisa mientras aleteaba alegre, firme, majestuosa...


(CONTINÚA... En Capítulo IX)
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Apr. 29th, 2005 @ 03:13 pm Capítulo VII: EL CANTOR DE OLAS
Capítulo VII
EL CANTOR DE OLAS



Esa mañana casi me quedé dormido en el vestíbulo de espera. Después de un viaje tan largo y rápido, en cuanto a lo inminente del hecho, estaba a falta de horas de descanso, mas que fuera para recapacitar reposadamente sobre lo recién sucedido, todo tan inesperado. Apenas dos días antes había llegado el aviso del hallazgo de mi padre entre respuestas demasiado difusas para mis interrogantes y, si bien no descarté del todo la fatal posibilidad, no fue hasta el final de mi repentino viaje que me hallé ante el penoso accidente y con la ingrata sorpresa de tener que reconocer el cuerpo que había aparecido flotando entre las rocas, paralelo a la costa; algo descolorido e hinchado, a causa del agua del mar, pero que sin ninguna duda se trataba del de mi infortunado padre.
Después de confirmar que el cuerpo rescatado de las aguas era el de él, sólo quedaban por cerrar los últimos trámites, los más incómodos, por lo que procuré ser lo más fiel posible a los designios que en vida pude escucharle en alguna ocasión que habíamos conversado al respecto; él manifestó su preferencia por las cenizas y así lo decidí en su nombre, con la certeza de que resultaba la mejor elección tratándose de su final.
Por fin apareció el señor Notario tras la enorme y silenciosa puerta blanquecina, invitándome a pasar al frío despacho donde, serio y sin demasiado preámbulo, pues ya eran conocidos los parcos detalles de lo testamentado por mi padre, llevó a cabo el último requisito, el de cumplimentar su deseo final. Así, me entregó el paquete aquel, a modo de sobre grande, en el que podía leerse: “Para ti, en tu viaje de vuelta”. Con un par de firmas quedó estampado el rostro burocrático de aquella situación irremediable y con un apretón de manos, sin sonrisa, di el primer paso hacia lo que ya era una nueva vida o, al menos, hacia el nuevo rumbo que, también inevitable, surgía delante de mí ante la desaparición de un ser tan querido.
Fue a la tarde siguiente cuando estrené aquel ritual que alguna voz insospechada parecía susurrarme; hasta mis pasos parecían guiados, conocer el camino. Seguí hasta el final del muelle, bajo la cansina luz de las farolas que bordeaban el paseo marítimo, hoy aún más frío y triste bajo la lluvia tenue. Quizás debido a ello no había gente en esta ocasión en el embarcadero. La lancha que atravesaba periódicamente la bahía partió esa tarde con solo un pasajero, como si lluvia, lancha y tarde, sabedoras de su penoso sentir, se hubieran confabulado para rescatar el corazón íntimo del misterio mismo y que, así, resucitase impoluto el secreto de lo innombrable. Sí, aquel era el lugar, donde la bocana del puerto moría para, cruzando la Canal, doblar el Cabo y enfilar el Islote del pequeño faro, donde reconocí el antiguo embarcadero, ahora abandonado a su suerte de mero adorno costero. Sin duda era el sitio apropiado para desperdigar al viento las cenizas del infatigable viajero, las de mi padre muerto. Incluso el cofrecillo de madera que las cobijó, mudo testigo, también acabó por hundirse para siempre justo en ese lugar, en el mismo en el que las cenizas se fundieron con las olas ondulantes, cómplices, en voluptuoso abrazo de eternidad.
Desde la amura de estribor, sentado bajo el modesto toldete que lo guarecía de la lluvia, ahora más suave, desdoblé el paquete y abrí el sobre sin mostrar emoción en el gesto. Y extraje el libro, un manual menudo de estilo artesano, cuidado y conservado al paso del tiempo. Las hojas resbalaron limpias y, con ritmo uniforme, acaricié los cantos. Palmeé el lomo, leyendo el título con voz queda: “El Cantor de Olas”... Y ahora sí, por orden, pasé de a una cada página. En la primera, la dedicatoria, que releí: “A tu vuelta”...
La lluvia pareció rendirse al tenaz empuje del viento, que soplaba ahora con más ímpetu. Apreté el libro en mi pecho, protegido, mientras se dejaba oir el silbido agudo del viento y la espuma entonaba una canción de ancestros. Entonces lo presentí... El Cantor de Olas hizo su aparición, se dejó ver. Ahora, por fin, me sonreía con su canción. Y sonó así:

...Soy El Cantor de Olas, no me busques ni preguntes por mí. Soy el que sale al encuentro. Te elegí porque llegaste hasta aquí, por la última razón que anida en ti una vez te despojaste del resto. Te atreviste a escuchar cómo grita el silencio y, ahora, sólo deseas que dure y te inunde el recuerdo, la sensación de su fluir eterno. Es un tesoro sin valor pretenderme entre los ruidos, soy el que decide cautivarte con horizontes, embriagarte de espuma de olas y salitre, envolverte con este canto que emana de adentro. Soy El Cantor de Olas, me conoces, el que sale al encuentro...

Al atracar de nuevo en puerto la lancha chocó blanda, mojada, contra el muelle entumecido. El patrón no pareció sorprenderse de no hallar pasajero alguno a bordo, tal vez, pensó, se había apeado apresurado. La tarde se iluminó de un brillo irreal que emergía de entre las nubes oscuras condenando al olvido a la lluvia que momentos antes se había inclinado oblicua, azotada por el viento que, racheado, empapaba cada rincón del aire creando fantasmagóricas impresiones al desplazar la cortina de agua. Quizás fue también instantánea ilusión el fugaz halo que dejó el viento a su paso, impertinente, al rozarlo; casi podía haberlo tocado, aunque sin dedicarle mayor significado, el patrón de Casualidades se distrajo silbando aquella melodía familiar que por fin había acertado en recordar...


(CONTINÚA... En Capítulo VIII)
*De la NOVELA "El Cantor de Olas", (c) Luis Tamargo.-
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Apr. 26th, 2005 @ 03:14 pm Capítulo VI: CASUALIDADES
Capítulo VI
CASUALIDADES



Al principio lo tomé a broma, así podía parecerlo, curiosamente gracioso, pero fui cayendo en la cuenta de que Casualidades se trataba en verdad de un apellido. Y Joaquín el nombre de su portador, aunque no el originario, pero sí el consanguíneo sucesor y legítimo heredero de los apellidos y negocios de la familia. Sus empresas estaban ligadas a la prehistoria de Bahía, aunque a Joaquín Casualidades le correspondió en suerte la responsabilidad de regentar la naviera, una red de lanchas que atravesaban a diario el cotidiano horizonte marítimo, del puerto a Cabo Velas y viceversa, uniendo así a las gentes de la comarca. Era una exclusiva dedicación y sin competencia alguna, por lo que la empresa familiar había crecido en progresión natural con los años. Las siglas de Casualidades adornaban los cascos de una flota hoy reducida a una decena de embarcaciones de pasajeros. Con el final del verano, sin embargo, tan solo eran necesarias la mitad de ellas para hacer frente a las tareas, ya que resultaba imposible inventarse más trabajo, aunque se deseara.
Joaquín Casualidades, padre, seguía pilotando él mismo una de las naves, de las más antiguas, la Capitana que gustaba en llamarla. Cruzar la Canal para él no tenía misterios, era capaz de navegar con los ojos vendados y bien hubiera podido entregarse al sosiego y placer del merecido retiro, además bien remunerado, pero no iba con él ese talante. Hombre recio, de los que curte el mar, trabajó siempre y duro. Nada le regalaron y tampoco nunca lo habría permitido. Ahora sus hijos y los sobrinos eran sus empleados, pero él sentía la necesidad de repetir lo que siempre había hecho, de sentirse vivo frente al barnizado timón de su Capitana, mascullando entredientes tonadas marineras, estribillos de pescadores, sin duda de otra época que, desde joven, le habían calado hondo. De ahí le venía el aspecto ladeado de su media sonrisa, de tararear de costado. Al contrario, su mirada firme, decididamente templada, relataba una denostada vida de constancia, entrenada en escudriñar detalles de mares y costas, pues a Bahía Claridades venían a morir olas de dispares y lejanos confines.
Aquella tarde, tocando la jornada a su fin y a pesar de la lluvia, recordaba que sólo llevó un pasajero a la otra orilla o, al menos, sería capaz de jurar que así le había parecido. Cierto que en esta època del año la escasa intensidad del trabajo transformaba en rutinario tedio hasta la monótona obligación de tener que pensar o, tal vez, puede que fuera eso, ya empezaba a darlo vueltas, la carga de los años le pesaba en los hombros. A veces, agarrando el timón con ambas manos sentía cómo le colgaban los brazos, caídos al suelo. Es entonces cuando, resoplando, acababa la tarde sudoroso y lanzaba por la borda el desgastado cigarro que tanto había apretado entre los labios. Quizás fuera hora ya de obedecer a su Violeta y abandonar esa maldita costumbre, ya no era ningún chiquillo. Ese tabaco del demonio y su obstinado empeño en continuar patrullando la Capitana, como si fuera un chaval a estas alturas, terminarían por acabar con él... Debería hacer más caso a Violeta, sí. Ella siempre tenía razón. Los Casualidades siempre fueron muy obstinados.


(CONTINÚA... En Capítulo VII)
*De la NOVELA "El Cantor de Olas", (c) Luis Tamargo.-
http://elcantordeolas.galeon.com/olas06.htm

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Apr. 24th, 2005 @ 04:35 pm Capítulo V: BAHÍA CLARIDADES
Capítulo V
BAHÍA CLARIDADES



Según se descendía desde el faro, Bahía Claridades aparecía de a poco, deslumbrante, revelando en su esplendor el secreto de su nombre. Las casas encaladas de los pescadores escalonaban la pared rocosa del acantilado y el espolón del puerto viejo emergía, paralelo a la costa, salpicado de coloridas embarcaciones que reposaban entre nubes plateadas de gaviotas, vecinas privilegiadas del lugar.
Desde el mar, la entrada a la Bahía resultaba también majestuosa, impresionaba aún más la armoniosa conjunción entre belleza y naturaleza. A un lado, quedaba el islote del antiguo faro con su embarcadero, hoy también abandonado. Hacía ya algo más de una década que el pequeño faro no funcionaba y, aunque su actividad cesó, había pasado a formar parte de la geografía familiar que daba la bienvenida al visitante que venía desde el océano. Del otro lado, pequeñas calas casi salvajes se sucedían en la orilla. Era la del Arco de la Media Luna la más renombrada, solo visible con marea baja y a la que acudían turistas y curiosos para admirar las originales formas que adquirían las rocas, fusionadas en su erosión al acantilado.
Y atrás, el archipiélago Cormoranes, vigilante, a modo de escudo protector, resguardando al puerto de los vientos húmedos del noroeste, como si la mágica mano del dios del mar lo hubiera ubicado allí, estratégica y premeditadamente. La costa se abría entonces hospitalaria y generosa, mostrando sus ocultos rincones, los encantos de su preciado tesoro.
La playa del Mediodía destacaba por su enorme extensión, su arena coralina dibujaba una viva franja blanquecina que bordeaba el oscuro contorno de la roca volcánica, casi de un negro azabache en ese tramo costero. El mar aquí se tornaba de un verde azulado, casi turquesa que con intensidad realzaba su atractivo don, hechizando las sensibilidades. Sin embargo, eran las gaviotas los únicos habitantes de tal idílico paraje que, en grandes bandadas, ocupaban su orilla y los arrecifes próximos. Uno de ellos, el más alto, tomaba por ello su nombre, el islote de Los Pájaros, auténtico hogar para sus cuantiosas y ruidosas nidadas, aunque apenas imperceptibles, eso sí, desde la Bahía.
Ya en la Canal, la corriente enfilaba a puerto y cambiaba el color, se hacía aquí rápida y, en contra, más fría. Desde la bocana, las casitas blancas, encaladas, destelleaban su saludo luminoso, asomadas al puerto en silencioso murmullo de siglos. Un balcón al mar, cantaba el himno de la comarca y, verdaderamente, es en lo que se convertía la hilera ininterrumpida de puertas y ventanas con sus terrazas colgadas, que encalaban el acantilado rocoso y alegraban el perfil recortado del litoral.



(CONTINÚA... En Capítulo VI)
*De la NOVELA "El Cantor de Olas", (c) Luis Tamargo.-
http://elcantordeolas.galeon.com/olas05.htm

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Apr. 20th, 2005 @ 06:16 pm Capítulo IV: PAISAJE DE IDA
Capítulo IV
PAISAJE DE IDA



No era la niebla precisamente la mejor compañera de viaje, pero el tono urgente de la llamada me hablaba de la verdadera importancia que adquiría el reciente acontecimiento. Por eso me puse en camino de inmediato, nada más recibirla. Significaba que por fin se había dado con el paradero de mi padre, ausente desde hacía demasiadas jornadas de viaje, con rumbo desconocido. Hacía ya más de una semana que había partido y aunque en otras ocasiones gustaba de viajar, siempre había regresado puntual, previo aviso.
Mi padre era cartero en Coaxtlán, pequeña población pesquera en la zona limítrofe con la desembocadura del Gran Río Ipal. Teníamos en común entre otros aspectos el del inusitado placer que provocaba viajar y disfrutar del sabor inapreciable de las escapadas en libertad, sin rendir cuentas de horarios o lugares. Pero hasta la fecha siempre nos habíamos correspondido con fidelidad en esa especie de confianza incuestionable que de forma mutua padre e hijo nos depositábamos. Ahora que mi padre disponía de más tiempo, desde su jubilación, para dedicarlo a este tipo de excursiones había casi que aguijonearlo para que se decidiera a dar el primer paso, pues pasaba la mayor parte del tiempo encerrado entre las cuatro paredes de casa, absorto en escribir, afición que siempre le acompañó y a la que dedicaba un lugar especial en la estantería del hogar donde reposaban algunos de sus libros de poemas que había conseguido publicar por su propia cuenta y riesgo, como él solía explicar. Sin embargo, su empeño por educarle en esa libertad controlada no casaba con aquella anómala situación, no era amigo de prolongar las ausencias. Es por ello que, al desafiar con cierto desasosiego aquel inquebrantable pacto su tardanza me preocupaba y, de alguna manera, me hacía sentir culpable al haber insistido con excesivo denuedo en animarle a partir.
Por el contrario, mi madre nos dejó mucho antes, durante el parto, cuando yo nací; si bien mi padre se había ocupado oportunamente de que su presencia en forma de bello recuerdo estuviera siempre presente. Lejos de ahogarse con el problema o de verse desbordado ante lo delicado de tal situación, mi padre se aferró a aquel lazo de tal manera y con tal esforzado afecto que, a base del sacrificio y tesón que acompañaba a lo que se amaba, nuestra relación acabó por desembocar en una fuerte y duradera ligazón, enriquecida a través de toda una vida de convivencia en común. Hasta ahora habíamos sabido desenvolvernos a la perfección, sin motivo alguno para hacer peligrar el sólido equilibrio conseguido y del que tanto nos podíamos vanagloriar. No obstante, en esta ocasión, la escapada resultaba demasiado larga y, como hombre cabal y cumplidor para con sus obligaciones principales, ya debería estar de vuelta. Por ello, la ambigüedad del mensaje que representaba el final de su larga búsqueda fue el principal acicate que me animó a continuar avanzando, a pesar del acusado cansancio que ya notaba al cabo de doce horas seguidas pegado al volante.
Ya había traspasado la cadena montañosa que, a modo de frontera natural, separaba la costa del norte. Cuántas veces había recorrido con mi padre aquella carretera general que atravesaba la sierra, transformada hoy en una ligera y adecentada autovía. A partir de ahora me adentraba y continuaba solo, sin poder evitar traer el inquietante recuerdo de mi padre a la memoria. Desde la ventanilla volvía de nuevo a contemplar los más variados parajes...
La pradera tupida extendía su manto uniforme sobre el cuero cabelludo del terreno, bordeando cada contorno a ras del horizonte. Las nubes cenicientas, cejas oscuras en lo alto, arqueaban su abigarrada forma y la frente del cielo dejaba de arrugarse cuando la noche caía. El brillo de las estrellas, entonces, custodiaba el sueño en los ojos del valle.
Desde el promontorio, la cordillera montañosa se deslizaba firme, nariz rocosa, rotunda. Y a ambos lados, la pendiente descendía escarpada para encontrarse, suave, y después fundirse con los pómulos cercanos de los montes próximos. En un tiempo, frondosos bosques poblaron su relieve. Hoy, más claros y diáfanos, dejaban al aire las cicatrices de su áspera piel curtida.
Antes de alcanzar los acantilados, hacia el sur, encontrábamos la sima del Gran Lago, estrecha grieta alargada, boca pronunciada, pero ligeramente elevada, que daba cobijo a un pequeño mar interior, nutrido de innumerables afluentes, todos ellos subterráneos. Era ésta una zona de marcados contrastes, en ocasiones drásticos, de coléricas tormentas y erupciones o bien de templada brisa y vientos rápidos, que arrastraban a su paso las claridades del talud, como si esbozaran una sonrisa a la tarde huidiza...
La jornada había amanecido gris, fresca, ideal para viajar y así continué hasta que, antes del anochecer hice un alto en la ruta para consultar de nuevo el mapa de carretera: Claridades. Tal vez la sugerente belleza del nombre atrajo a mi padre hacia aquel lugar; me intrigaba en cualquier caso. Al mediodía ya se había disipado la niebla y, a media tarde, de pronto, el mar apareció brusco. Sin anunciarse ya lo había invadido todo con su asalitrado aroma, hondo y pesado. Cuando uno quería darse cuenta, siempre ocurría así, como una bofetada anticipada, ya se había apoderado de cada rincón del entorno. El ambiente húmedo que originaba la bruma me recordó que me adentraba en sus dominios. Casi se podía palpar ahora, hasta la costa acusaba su huella y la pared vertical, cortada, se precipitaba hacia su rugido de inmensidad… Aspiré el aire contagiado de sal, estirándome en el asiento, para luego tensar cada músculo e impregnarme así de su denso olor, pleno… El mar cantaba olas, cerca ya de Claridades.



(CONTINÚA... En Capítulo V)
*De la NOVELA "El Cantor de Olas", (c) Luis Tamargo.-
http://elcantordeolas.galeon.com/olas04.htm

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