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REMES

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Oct. 31st, 2005 @ 08:53 pm FIN DE LA NOVELA: Resumen*

                                                              

   La novela "EL CANTOR DE OLAS" trata el tema de la búsqueda de raíces. A consecuencia del fallecimiento de su padre el protagonista inicia un viaje que le llevará al corazón mismo de su identidad. Halla su propio lugar en el mundo, a su familia, su amor, su futuro. Se enmarca en un ambiente marinero que, de principio a final, conforma un universo propio, ficticio, pero creíble. Es un canto poético y la prosa se impregna de esta carga emocional, quizás tocando un género poco comercial, aunque tal vez este sea el motivo que necesitemos en una realidad tan saturada de porcentajes o estadísticas. Sin duda, una lectura idónea para recuperar el lado mágico de lo cotidiano, el duende que anima lo que a menudo no paramos a atender, como por ejemplo el mero placer de leer.
   Espero resulte amena o entretenida a los que se animen a leerla entera. En cualquier caso, agradecería el comentario o la libre opinión, siempre valiosa para que la comunicación resulte provechosa. Para mí, resultó una experiencia gratificante, donde he aprendido y desarrollado recursos, pero sobre todo me ha servido para conocer a gente, lectores desconocidos, desinteresados, que dan a la obra su verdadero valor. Gracias a todos por compartir!    OS SALUDO:
                                         LeeTamargo.-

                        http://soncuadernos.galeon.com/cantordeolupdf.pdf

 

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Sep. 28th, 2005 @ 03:13 pm Capítulo XXI: CUANDO CANTAN LAS OLAS
Capítulo XXI
CUANDO CANTAN LAS OLAS





Años después recordaría las palabras del viejo marinero:

...El Cantor de Olas silba entre las rocas y su eco resuena hasta que la luna se oscurece. Es duende, El Cantor de Olas, que te subyuga y eriza la piel última del alma, la capa de más adentro...

Ahora era capaz de entenderlo, ahora que la fiebre del mar me había conquistado, embriagado, contagiado con su canción... Al final tuvo que ser así, le encontré frente al mar, tras una mirada neblinosa, mezclado, casi fundido con el horizonte gris, perdido entre la compañía de sus entrañables acantilados. Supe que el viaje de ida había terminado. Mi destino ahora quedaba así ligado por siempre a Claridades. Se convirtió en el hogar, de tanto buscarlo nos acogió como a un hijo pródigo, curando y fortaleciéndonos de las heridas. A su amparo, logramos equilibrar con intensidad las distancias que tiempo y silencio se ocuparon en separar. Es por ello que mi gratitud es eterna a la Bahía, nos descubrimos en Claridades. De igual modo, siempre formaría parte del mismo misterio insondable el por qué el abuelo obró así. Hasta el último día de su vida huyó y esperó. Esperó hasta morir precisamente cuando por fin el viaje les conducía al reencuentro. Fueron mis propias manos las que lanzaron las cenizas de mis seres más queridos, repartidas en olas de espuma, grises, a la madre de los mares… Mi padre y el abuelo así lo habrían deseado. ¡Hay un océano vivo en Claridades!
Cuando hablo de la Bahía me refiero a Claridades, para mí no hay otra. Cada día transcurrido desde que decidí venir y quedarme en la isla ha significado un paso hacia adelante, libre de ataduras y por eso he permanecido aquí. No vale la pena perder el tiempo en hablar de mí, no importa mi nombre, anduve toda una vida persiguiendo una leyenda y es por eso que estoy en Claridades. Antes siempre me disculpaba y buscaba razones para tratar de autoconvencerme, para aceptar que mi rumbo era el que ya venía marcado, pero cuando todo parecía fallar ella estaba ahí, hasta que surgió, por fin, salvadora. Sabía desde lo más hondo que aquel era mi lugar, que la Isla me atrapó o, quizás, la leyenda, las olas, una canción… Ahora que Patricia me ha anunciado la nueva vida que trae dentro de sí, la melodía del duende entre las olas me suena tan familiar que es entonces cuando Claridades se acurruca junto a mi, arropa los sueños y puedo entonces dormir, plácido, bajo su amplia noche estrellada, mecido por un leve rumor de olas.






- F I N -

*De la NOVELA "El Cantor de Olas", (c) Luis Tamargo.-
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Aug. 27th, 2005 @ 08:34 pm Capítulo XX: RUMBO DE REGRESO
Capítulo XX
RUMBO DE REGRESO




El nudo de emoción se desató mar adentro, cuando las velas henchidas del DosGaviotas se ciñeron al viento para danzar pletóricas sobre las olas. Junto con Patricia y Héctor, fuimos los encargados de comprobar las aptitudes marineras del barco en el día de su bautismo. Sin embargo, para mí se trataba además de un acontecimiento aún más relevante, pues de alguna manera se continuaba con el rumbo de una tradición familiar durante cierto tiempo interrumpida más que olvidada. Para celebrarlo nos dirigimos al archipiélago de Cormoranes al tiempo que, durante el proyecto, ensayábamos todo tipo de maniobras con la atención centrada en las respuestas del nuevo DosGaviotas, que en ningún momento defraudó. La silueta de Cormoranes crecía a medida que nos aproximábamos a su costa y un cortejo de aves nos daba la bienvenida con sus trinos variados. El farero señalaba cada ejemplar para indicarnos su nombre y, sin poder ocultar su entusiasmo, nos explicaba algunas de sus curiosidades.
Una pasión similar por las aves compartía el notario de Bahía, el Sr.De Melun, al que le unía además una íntima amistad. Su padre había sido destinado embajador diplomático del país en la capital, en sus últimos años. Luego, las vueltas caprichosas del destino quisieron que el Sr. Notario escogiese Bahía Claridades para recalar sus recuerdos de infancia, sin duda uno de los principales motivos que influyeron a la hora de decidir destino.
Era su apariencia gélida, inescrutable, debido posiblemente a las rígidas exigencias profesionales. Su voz hueca tampoco dejaba vislumbrar atisbo alguno de emoción, aunque revelaba su abundante conocimiento en cuanto hallaba pie para extenderse sobre el mundo de sus aficiones, preferentemente naturales. De su etapa anterior conservaba una exuberante y original colección de mariposas tropicales, seguramente única en su género. Tampoco ocultaba su especial atracción por Cormoranes y el particular microclima que disfrutaba el archipiélago, beneficiando sus ansias investigadoras al permitir una rica y variopinta convivencia de exóticas aves y exuberantes plantas, otra de sus aficiones predilectas.
No obstante, ese no fue siempre su carácter, su acritud había mejorado bastante últimamente. Al principio ocultó tras una áspera coraza su honda pena, pero a todas luces le resultó imposible de disimular, pues en los pueblos de alma chica, sobre todo, eso se nota mucho. Las noches de la Taberna sirvieron para eso, fueron bálsamo redentor. Hasta que no soltó el nudo que le atenazaba el corazón, el Sr.De Melun no pudo recuperar la parte de sí que le disculpaba. Así fue como conocieron, entre sollozos y palabras entrecortadas, cómo el mar le arrebató a su hermano mellizo en plena flor de juventud. Y cómo vibraba de emoción contenida durante demasiado tiempo su voz aflautada al hacerles partícipes de sus recuerdos de amor imposible que dejó en tierras lejanas de otros continentes. A partir de entonces, la Taberna se convirtió en su refugio seguro y, desde ese momento, se despachó a gusto y en paz con los habitantes de Bahía. Al mismo tiempo, los demás tertulianos aprendieron y comprendieron que debajo de la férrea apariencia del caparazón se debatía un ser humano, quizás excesivamente serio, pero apasionadamente palpitante.
Aquella tarde, sin embargo, el semblante serio y frío del notario no me resultó extraño al recibirnos de vuelta del archipiélago, de aquella primera excursión con el DosGaviotas. Ya conocía ese gesto adusto, de compromiso, a modo de escudo... Y ya antes de que pronunciara palabra lamenté que tuviera que haber ocurrido precisamente en ese día. Habían encontrado al Viejo Capitán flotando en las aguas de Claridades. El abuelo acabó así sus días, ahogado en su mar enamorado.
Esta vez los trámites fueron aún más parcos si cabe y, en cambio, mucho más ceremoniosos pues el DosGaviotas tuvo el honor de servir para este su último viaje. Desde cubierta, Patricia y yo contemplamos en silencio, abrazados, las cenizas del abuelo que se mezclaron por siempre con el mar que tanto amó en vida, ya eternamente unidos.





(CONTINÚA... En Capítulo XXI)
*De la NOVELA "El Cantor de Olas", (c) Luis Tamargo.-
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Aug. 8th, 2005 @ 09:37 am Capítulo XIX: EN LA TABERNA
Capítulo XIX
EN LA TABERNA




Desde tempranas horas había estado dando los últimos retoques a la nueva embarcación, ahora recién calafateada y lista para su bautizo de mar. Repasé con cuidado cada letra del rótulo en el costado, acariciando con el pincel la madera. Ahora el DosGaviotas al fin podría navegar. Habían sido necesarios largos meses de meticuloso trabajo para reconstruirlo fidedignamente y ver el proyecto convertido en una realidad palpable, una pasión marinera, el sueño de cualquier navegante capaz ahora de flotar y surcar el océano. Revisé con detenimiento de artesano los intrincados detalles del mascarón de proa, los rizados bucles de la sirena, la caracola que sostenía entre sus manos, cada escama de su cola labrada, que impregnaba el alba y hasta las ropas con el denso olor del barniz incoloro.
Amanecía una mañana de púrpuras que esbozaba remolinos anaranjados sobre el cielo de Bahía, difuminados surcos de luz creciendo hacia el amarillo intenso para dar paso al nuevo día, resplandeciente. Durante algunas semanas el viento sur se había instalado confortablemente en Claridades. De seguir así, mañana sería el momento idóneo para que el DosGaviotas se estrenara con su bautismo de aguas.
Las primeras gaviotas, las más madrugadoras, se saludaron entre sí. En el muelle, los motores de los Casualidades anunciaron el comienzo de la jornada y, pronto, sembraron de surcos ondulantes las orillas del puerto que, levemente, se desperezaba como si alguna vez hubiese estado dormido del todo.
Ya antes, la Taberna marinera reanudaba su actividad, imperceptiblemente interrumpida siquiera para el descanso. Para Violeta resultaba más trabajoso descansar que reanudar la faena. Ella vino del interior, con su familia, pertenecía a la zona boscosa de montaña. Desde niña se adaptó con ductilidad al clima marino de la Bahía, pero no podía negar su primitivo sustrato de monte y bosque, de tierra firme. Sus razonamientos respondían a una lógica tan simple como sus sentimientos y no por ello menos hondos. Fue el suyo un matrimonio por amor, primero, por su Joaquín, el patrón de Casualidades y, después, por sus dos adorables retoños, Patricia y Quino, ahora ya crecidos, si bien con toda probabilidad se podría también hoy alterar el orden de los afectos sin que variasen en profundidad. La pequeña Patricia le echaba una mano de gran utilidad con las tareas de la Taberna y, Quino, el hijo mayor, después de haber estudiado fuera de Claridades estaba a punto de iniciar su primer trabajo como periodista. Ya se habían acostumbrado a sus prolongadas ausencias y esporádicas apariciones, era como si la Bahía reclamase algo suyo a pesar de las distancias. Pero ella no era de allí y, desde el principio, tuvo que hacerse con el territorio de la Taberna como el suyo propio, desplegando todo el abanico de eficientes habilidades, como corresponde a una buena mujer propia de las montañas.
Al mediodía atracó una Patrulla Marítima. Para entonces ya había acabado de recoger todos los utensilios de limpieza y contemplé con embeleso la obra consumada. El DosGaviotas bien podía presumir como un señor velero, con su proa apuntando a la línea desafiante del horizonte. Escuché a uno de los oficiales de la Patrulla hablar a Violeta. Por lo visto, algunos pescadores dieron aviso del avistamiento del cetáceo. Se trataba de un ballenato, atrapado en el cerco que los arrecifes formaban con la hilera de islotes, junto a la Canal. No les costó demasiado esfuerzo conseguir mostrarle el camino de salida a la cría perdida.
La sobremesa en la Taberna de Violeta se tiñó de voces nuevas y de más ajetreo del acostumbrado y, así, se extendió a la tarde para contagiar de novedosa solemnidad todo hecho o dicho habitualmente cotidiano. Era de preveer, por tanto, que la noche acabaría como todos los asistentes presumiblemente esperaban, contando historias, escuchando dispares relatos de otros confines a la luz de los candiles, entre aromas de café y alcohol, hasta que el día, otro nuevo alba, terminase de llegar.
Esa noche, Héctor, el farero, recordó su particular historia de ballenas, siguiendo el hilo conductor marcado por el oficial. Algunos echaron estrepitosamente a reir, poniendo en duda que realmente el farero hubiese buceado y nadado junto a ellas, llegando incluso a tocarlas con su mano. Otro marinero aseguró haberlo visto hacer en la Escuela de Marina de Coaxtlán, pero aseguró que se trataba de expertos profesionales y que a nadie en su sano juicio se le ocurriría tirarse al agua para experimentar ese contacto sin una preparación previa. Aquí, oficiales y marineros elevaron ostensiblemente las voces ya discutiendo, acalorados, ya mezclando sin distinción explicaciones y devaneos.
El tono de la charla quedó apaciguado por el Sr.De Melun, notario de Bahía, quien dio una magistral lección de erudición al enumerar los irrepetibles nombres científicos de las aves del paraíso con que se traficaba en los mares cálidos. Increíblemente, algunas de aquellas multicolores plumas de llamativos tonos habían suscitado guerras entre piratas o tribus e, incluso, hasta cambios de régimen de gobierno en algunas islas de aventajada cultura.
El patrón de Casualidades, como cada medianoche, escuchaba con atención imposible de disimular, apoyado en su respaldo del rincón, mientras exhalaba placenteramente el humo del tabaco hacia arriba y escudriñaba el techo, orgulloso del ambiente cordial que envolvía las animadas tertulias de la Taberna y que hacían de Claridades la bahía que todos querían y conocían. Luego, él mismo tomó la palabra, al tiempo que todos callaban, haciéndole un hueco al silencio. Siempre comenzaba a contar la historia en primera persona, para luego terminar por convertirse en un personaje más, mezclado entre los demás y dignificarles, así, con la misma importancia. El desenlace, al final, siempre iba cargado de tintes nostálgicos y entrañables, quizás excesivamente simples, pero don Joaquin era así, un ser adorable parapetado tras su tosca apariencia de marinero rudo.
Quizás fue debido al escuchar el nombre de Coaxtlán, del hogar distante, que dí un respingo en el asiento y me sentí bruscamente transportado a otra realidad, hasta ahora distraída por la atmósfera amena que irradiaban los tertulianos en tan animado ambiente. Quizás fue porque no podía por más tiempo mantener callada mi inquietud y necesitaba con apremio darle salida a aquella especie de congoja que me atreví a contar mi historia, haciéndoles partícipes de mi viajera ilusión, de cómo descubrí Claridades. Fue puro azar que allí mismo tuviera lugar el reencuentro con mi abuelo de quien ni siquiera mi padre supo alguna vez algo que no tuviera que ver con la distancia. Quiso el destino que mi pasión marinera me llevase a realizar el proyecto de recuperar un viejo balandro. Se lo adquirí a un viejo loco apodado el Capitán, que habitaba entre acantilados con la misma familiaridad con que otros lo hacían entre paredes y que, finalmente, resultó ser mi desaparecido pariente. Aproveché para agradecer en público la acogida hospitalaria y cordial en Claridades y, en especial al farero Héctor, quien me avisó del hallazgo del vehículo de mi padre. Evitando el aspecto dramático del hecho y las asperezas de los detalles narré cómo me puse en camino, apremiado por la urgencia, para encontrarme con los restos de mi padre, impenitente viajero, mi ser más querido. Sin embargo, siguió el destino resultando esquivo. Al llegar a Claridades mi padre acababa de despeñarse al mar y, por encima de cualquier contrariedad, me quedó su legado inesperado como regalo. Un balandro, un manuscrito, la leyenda de El Cantor de Olas…
No pareció sorprenderles el relato ni descubrí atisbo alguno de incredulidad en sus gestos. Al contrario, entendí que la leyenda tampoco les era extraña y, aunque callados, asentían con los ojos del corazón entornados. Finalmente, para aliviar la tensión acumulada, concluí por invitar a todo el mundo al acontecimiento marinero de la mañana siguiente, la botadura del DosGaviotas.
Los marineros entonaron el Himno de Bahía, mientras todos levantaban sus jarras al unísono, luego continuaron vociferando y desgranando las mejores baladas del repertorio marinero en controvertido popurrí.



(CONTINÚA... En Capítulo XX)
*De la NOVELA "El Cantor de Olas", (c) Luis Tamargo.-
http://elcantordeolas.galeon.com/olas19.htm

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Jul. 22nd, 2005 @ 04:23 pm Capítulo XVIII: UN DESCUBRIMIENTO
Capítulo XVIII
UN DESCUBRIMIENTO




Después del atardecer, el patrón de Casualidades regresaba a casa. Su esposa, Violeta, atendía la Taberna desde antes del amanecer hasta que su marido volvía del mar. Era el momento preferido de Patricia, la hija de ambos, y el idóneo para que las historias de cada marinero o viajero que por allí pernoctaba salieran a flote, embriagando la atmósfera del atractivo aroma de otros horizontes o, en ocasiones, con alguna asombrosa experiencia no exenta de la moraleja consabida. Esa tarde don Joaquín regresó antes de lo previsto e incluso la Taberna, como si adivinara la importancia del momento, se encontraba más descongestionada de clientes que de habitual, favoreciendo un apacible ambiente propicio a la conversación. Antes de entrar a La Taberna se paró en el muelle frente al balandro restaurado...
-¡Buen trabajo, hijo!
Sus palabras halagaron aún más la satisfacción que me inundaba ante la obra acabada, pero además me agradó aquella expresión cercana pues la relación con Patricia marchaba a toda vela. Quizás por ello o tal vez como respuesta al triunfo obtenido de manos del viejo marino en los acantilados, el patrón de Casualidades me cogió a parte dispuesto a acabar de contarme los detalles de aquella historia que tanto tenía que ver con mi persona... Me hablaba del Viejo Capitán con el conocimiento y respeto de quienes años atrás compartieron otro tiempo, un tiempo especial que a juzgar por el tono quedo y sentido de sus palabras, no andaba lejano sino tan próximo y sencillo como si se girase el pomo de una puerta, siempre al alcance de quien deseara recuperarlo, pues tal era el carácter que el Viejo Capitán imprimía a sus hechos, siempre misterioso aunque no por ello incomprensible.
El patrón de Casualidades conocía bien la historia del viejo marino, me explicaba la relación de los hechos con detalle, incluso disculpaba sus actos sin juzgarlos, al contrario, con el afecto y comprensión de quienes blandieron la amistad como bandera compartida en un tiempo aún no desaparecido. Tampoco me sorprendió, ya casi lo adivinaba cuando suavizó el tono de sus palabras al tiempo que con un leve apretón sobre el brazo, me iba a revelar que aquel hijo criado en Coaxtlán era mi padre, el accidentado en los acantilados de Claridades. Sí, ¡el Viejo Capitán era mi abuelo, el que nunca tuve!... Pero me adelanté:
-Ya lo sé...
-¿Te lo dijo él? -inquirió el patrón, curioso.
-No me lo dijo, me lo contó a su manera -maticé.
El patrón escudriñaba mi expresión a la espera de un gesto débil o de desaprobación y, al tiempo que me apremiaba para que continuara con la historia, apuntó con acierto que todos los hombres en el viaje de su vida llegaban a una encrucijada y que yo había encontrado la mía en aquel lugar, como así se lo mostraban sus antecesores. También mi abuelo, en su devenir, había quedado atrapado en aquella costa. Aquel desastre me acababa de enseñar que el mar permanecía, siempre.
Así fue como volvió a quedar abandonado su DosGaviotas, al fondo de un puerto, triste y agotado de velas, herido de olas solitarias, con el timón rumbo al olvido. Y también él, igual que a los que amó, a pesar de amarles, abandonado entre los acantilados que escuchaban su mismo idioma, atendiendo las súplicas que el mar enojado lanzaba a las estrellas, lejanas y confiadas, riendo en la distancia del océano azul del firmamento, envidiando o tal vez admirando su serena tranquilidad eterna. El abuelo había decidido –y había que respetarlo- que ese sería su sitio, sí, ¡el Mar de Claridades! ¡Cómo no iba a comprenderlo si asumió esa decisión!
-Has tenido suerte, chico... -arguyó el patrón.
-...de encontrarle -añadí.
-De conocerle, hijo -completó don Joaquin.
-Sí... -agradecí las palabras del patrón en su intento por dejarme a las puertas del perdón. Sí, comprendí que no existía otra entrada mejor para continuar viviendo sin rencores ni lecciones atrasadas.
Salí al porche, la historia me había dejado exhausto de emoción. El cielo entero estaba inundado de estrellas. Sentí el brazo de Patricia acariciándome la espalda. Ella tenía a sus familiares en el promontorio saliente del acantilado, podía comprenderme. Con la mirada en el horizonte, sentados en las escaleras del porche de la Taberna, contemplamos absortos el crepúsculo que se cernía sobre el puerto; permanecimos abrazados, nuestros corazones unidos, atentos a una ancestral canción de olas, ya familiar para nosotros, que la voz de un duende invisible hacía sonar a través del silencio...
Fueron siempre momentos especialmente decisivos en los que El Cantor de Olas se me apareció, pero aquella fue la primera vez que lo hizo estando en compañía.


(CONTINÚA... En Capítulo XIX)
*De la NOVELA "El Cantor de Olas", (c) Luis Tamargo.-
http://elcantordeolas.galeon.com/olas18.htm

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Jul. 8th, 2005 @ 11:50 am Capítulo XVII: EL DOS GAVIOTAS
Capítulo XVII
EL DOS GAVIOTAS




El DosGaviotas quedó gravemente dañado en el flanco izquierdo de popa, con el hundimiento del casco y la consiguiente rotura de las cuadernas afectadas. Volvió al astillero, pero pronto fue olvidado.
Lo que al comienzo suponía enfrentarse a un reto, ahora era una obra de arte. Transformar aquel viejo cúter en un avezado queche significaba algo más que duras jornadas de trabajo y restauración, había primero que desterrar la palabra imposible. El barco estaba en precarias condiciones de mantenimiento, sin velas, con la brújula y parte del equipamiento todavía original, aunque a falta de varias piezas que probablemente habrían sido robadas o utilizadas. El Viejo Capitán lo compró a un médico del continente, como se desprendía de algunas notas de viaje halladas a bordo y, en aquellos años, se eliminó el pico y se sustituyó la vela mayor por otra de bauprés bajo y muy largo, quizás con la intención de así facilitar la maniobra para una tripulación reducida. Ahora, ya metidos en faena, se restauraron los interiores sin cambiarlos, recuperando la antigua calidez de la caoba y del latón. El casco de teca sobre cuadernas de roble había resistido muy bien los años de ininterrumpido abandono. La transformación fue gradual, sin modificar el mástil y su posición, para conseguir así aumentar la velocidad sobre todo en la navegación al lasco. De este modo el velaje del nuevo DosGaviotas quedaba bien regulado y podría mantener la ruta sin nadie al timón en las diferentes navegaciones, con sus casi doscientos metros cuadrados de vela. Durante más de dos meses, personalmente o con la ayuda de los artesanos de los astilleros no escatimé desvelos por recuperar las condiciones para navegar. Poco a poco iba tomando forma mi más cuidadosa obra de restauración, reconstruí el espejo de popa, con poca reparación mantuve la bañera original en el centro del barco y, además, prefería navegar sin instrumentación eléctrica. Contemplé mi sueño renacido a base de esmero y tesón. La proa quedaba dominada por un robusto bauprés, afilada y beligerante. La cubierta permitía un amplio espacio para la maniobra, libre e inmensa, incluso en las peores condiciones de mar y viento. Estaba orgulloso de mi barco y ansioso por probarlo, de comprobar sus óptimas cualidades marinas. Deseaba sentir la maravilla de deslizarse sobre la ola encrespada, potente, impulsado por un viento fresco, seguro y veloz.




(CONTINÚA... En Capítulo XVIII)
*De la NOVELA "El Cantor de Olas", (c) Luis Tamargo.-
http://elcantordeolas.galeon.com/olas17.htm

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Jun. 24th, 2005 @ 08:43 am Capítulo XVI: AMOR DE MAR
Capítulo XVI
AMOR DE MAR



Luego vendrían los años de la herrumbre que, de secos, arruinaron el pais. Lo que parecía ya desterrado volvió con la fuerza inusitada de la acuciante novedad, quizás aún más apremiante ahora. Para entonces Nes ya navegaba solo. Atrás quedaron los tiempos de Los Ríos en los que Petra le alentaba con firme constancia para dar sentido a tanto sacrificio. Lejos de retraerle, la crisis vino a desafiar los límites de su intempestivo coraje y, así, optó por la salida más arriesgada. Sin duda, era esta la faceta que indisolublemente iba ligada a su particular carácter. De barco en barco, de puerto en puerto, puso fin así a su avidez de conocimento. No existía otro modo sino en el continuo devenir de rumbos y en el movimiento sin fin de nubes y oleaje donde hallaba consuelo a su insaciable curiosidad vital. Fue así como descubrió Claridades y nada más llegar supo que ese sería su sitio. Antes surcó todos los mares, participó en las expediciones que bordearon la costa norte, en la búsqueda de los caladeros que traerían posteriormente el progreso y la riqueza a la humilde Bahía. También él se enriqueció, al menos lo suficiente para regresar años después empeñado en adquirir el balandro abandonado en el andén de Coaxtlán. Se trataba de una deuda pendiente y se arrancó, así, una espina sangrante que durante años de travesía le acompañó a solas con su conciencia y que le impedía regresar al pasado sin terminar de derrotar aquel frustrado sentimiento de traición en su memoria. Desde aquel momento fue libre y El DosGaviotas le dio alas. Ambos surcaron y costearon puertos de vastos mares. Tantas fueron las aguas que conoció que, al final, quedaron integradas en un solo océano, el mar de Claridades. Por los caminos que el mar sumió iban quedando recuerdos, sentires, amores, quizás incompletos o náufragos, quizás ahogados o evadidos, mas nunca olvidados.
Eran los buenos tiempos y Nes el Largo pudo abandonar los largos trayectos a los grandes bancos del norte para, por fin, entregarse de lleno a recorrer con el recién estrenado DosGaviotas cada tramo de aquella costa, donde ella haría posible la realidad de su nuevo hogar. Conoció a Eva en la Taberna de Bahía Claridades, de vuelta de uno de aquellos lejanos cruceros y no había mas que observar el notable cambio de ánimo y actitud que supuso su aparición en la vida de Nes, ahora más esperanzado y con un brillo de ilusión, antes inadvertido, que bastaban para afianzar la aprobación de quienes le conocían. Tan solo el nacimiento del hijo varón que le dio, fruto de ese amor denodado, podía compararse a semejante pasión desbordada. Si alguna vez el Viejo Capitán se doblegó frente a algo, fue para que hasta el rumor del oleaje fuera del agrado de ella.
Se había embarcado con Eva y dos de sus tripulantes cuando, de regreso, el barco terminó en un acantilado en una noche de furiosa tempestad. Aquella maldita galerna se formó en un santiamén e inesperadamente también desarboló el barco que, a merced de las olas salvajes chocó contra los arrecifes. Se aferró al resto de un madero como a su propia vida mientras los embates del oleaje rompían con desatada fiereza, demasiada impetuosidad para que pudiera resistirlo la frágil delicadeza de Eva. La tripulación fue rescatada, excepto ella. Y el Viejo Capitán no volvió a ser el mismo.
En aquella fatídica noche no solo perdió su barco. Sobrepasado por la tragedia y sin fuerzas para afrontar un desastre de tamaña envergadura se recluyó en sus profundidades. Además, lejos de resolver su tristeza, el hijo tan pequeño y necesitado de los primeros cuidados se convertía más bien en un obstáculo, por lo que lo devolvió al lugar de donde él vino. La familia de Petra en Coaxtlán se hizo cargo de criar al muchacho y, así, sin padre, creció entre ausencias y olvidos.
El DosGaviotas fue su baluarte sagrado, por eso todo se hundió con su naufragio, cuando perdió a Eva, su verdadero amor. Por ello trajo a su hijo recién nacido a Los Ríos, a sus orígenes, de donde él zarpó, para seguir solitario con su vieja pena a cuestas. También la dura y resistente Petra había muerto inevitablemente abatida con el paso de los años, pero su familia permanecía en Coaxtlán; ellos y su hija, que se llamaba igual que su madre, la otra Petra, le cuidarían como a un hijo suyo, velarían porque no quedase privado de nada en su crecimiento allí en Coaxtlán, ellos eran su familia. Él tenía que marchar sin cargas, a solas, pero herido en su libertad. De vez en cuando regresaba al puerto de Coaxtlán, cuando la pena mitigada por la distancia parecía conceder una esperanzada tregua, aunque siempre breve. Le servía para comprobar que el niño crecía bien, sano y feliz. Luego volvía a partir con rumbo lejano, prisionero de aquel mar hondo e infinito, como su propio pesar. Sólo aquellas aguas eran capaces de ahogar su llanto. En aquel mar el brillo de las olas sabía de ella, de su temprana belleza ahogada, del niño triste, hijo de la esperanza que crecía sin padre…

En este punto la voz del viejo marino moduló su tono hondo y lo que antes venía siendo para mí un continuo atar de cabos tomó cuerpo y solidez como el más cierto de los hallazgos, con el eco profundo de la verdad presentida. Lejos de interrumpir al Viejo Capitán dejé que continuara concentrado en su relato. Parecía estar escuchando la voz misma del duende cantor entre las olas:

...Se lo contaban las iridiscencias de espuma, se lo decían al viento asalitrado, a la estrella nocturna que tiritaba silencios a la orilla de puertos y playas...

El DosGaviotas fue su hogar, el balandro que se ganó la fama de intrépido a fuerza de viento y sal, el velero fantasma que persiguió la Amparanza misteriosa, la isla que surgía de la entraña del océano para desaparecer de nuevo entre la niebla profunda. De tanto navegar entre profundidades fue perdiéndose, mezclándose entre cielo y mar, fundiéndose en los mismos horizontes que soñó. Cuando de nuevo la ilusión resucitaba el brillo en su horizonte volvió a perder, condenado a un destino que se empeñaba en no dejarle olvidar lo perecedero de toda hazaña. Podía comprenderlo ahora; lo que antes se presentaba como una premonición se adivinaba ya resuelto, todas las piezas encajaban.
Todo esto me lo contó el viejo Nes de su propia voz, una veces con historias y otras con sus explicaciones, pero consiguió casi hacerme entender que vivir entre aquel mundo de acantilados y gaviotas tenía un sentido y era algo único. Aquel era su mundo y, de algún modo, me estaba haciendo partícipe, me admitía como algo suyo; para mí aquel detalle adquirió rasgo de halago, no podía defraudar aquella confianza.
En varias ocasiones tuve aquella familiar sensación que me envolvía cuando mi padre me contaba la historia de El Cantor de Olas, a los pies de la cama. Escuchaba las palabras del Viejo Capitán transportado a un mundo no perdido, sino recuperado. Cuando Nes el Largo se interesaba por mí lo hacía con preguntas escuetas, directas. Pocas veces preguntó por el mundo del que yo procedía, el que él había dejado atrás. Asimismo se cuidó mucho de no empujarme a definirme en esa dirección, consciente de la fragilidad del terreno. Por su parte, eludía mis preguntas directas y, en cierto modo, habíamos alcanzado un nivel de entendimiento mutuo similar al que mantuve con mi padre, donde un lenguaje propio nos permitía intercambiar significados de un cosmos sólo nuestro. Si algo quedó claro al prestarle mis oídos era que su mundo se sostenía porque era inamovible y que sus horas de navegación representaban su único y vasto patrimonio. Nada más lejos de mi ánimo que resultar descortés, ahora que le conocía ser su cómplice significaba ocupar un lugar más que destacado, un privilegio que no estaba dispuesto a desaprovechar. Sin embargo, al final de su historia, se me escapó uno de aquellos inevitables porqués que tanto me esforzaba en contener...
-Escuchaste a El Cantor de Olas, sabes entonces de lo que hablo... -sentenció el viejo marino, sin oportunidad de réplica.
A continuación, el Viejo Capitán volvió a entrar a la cueva y sacó entre sus manos un polvoriento cofre, pequeño y deslucido. En él guardaba los documentos del DosGaviotas, el viejo balandro que yacía dormido de olvidos en el astillero de Bahía. Acepté el trato, la condición indispensable consistía en seguir manteniendo su nombre original, el DosGaviotas; a cambio me cedía los derechos de propiedad del barco. Después de conocerle aquello era más de lo que podía esperar, pero había luchado por ello con fe y total convencimiento, el trato me pareció justo. No me dejó que le abrazara, pero cuando recogí el cofre le apreté ambas manos y pude sentir la firmeza del estrecho vínculo que acabábamos de firmar. No cabía en mí de gozo, aunque disimulé por no manifestarlo, había conseguido salirme con la mía, ¡por fin!... El DosGaviotas volvería a navegar en Claridades.
De regreso, no pude evitar traer a mi mente el recuerdo y las palabras del viejo marino. Sabía lo que para él representaba aquel cofre e, incluso, el mismo esfuerzo de haber hablado como lo había hecho. Sin duda, el apodo de Viejo Capitán no hacía honor al vital ímpetu de su corazón. Sin duda, la causa del comportamiento de los grandes hombres siempre constituiría un misterio para el resto de los demás humanos. Y de él, bien podía afirmarse que era un hombre libre, de verdad.
Me alejé así, victoriosamente entristecido, guardando el cofre entre mis brazos, como un inapreciable tesoro, inigualable. Sí, mi padre se habría sentido orgulloso de aquel triunfo, el sueño ahora era posible.


(CONTINÚA... En Capítulo XVII)
*De la NOVELA "El Cantor de Olas", (c) Luis Tamargo.-
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Jun. 17th, 2005 @ 06:24 pm Capítulo XV: UNA CANCIÓN MARINERA
Capítulo XV
UNA CANCIÓN MARINERA



En la siguiente ocasión, hallé al Viejo Capitán junto a la enorme roca con forma de cabeza de gato, curioso perfil que daba a esta roca especial ambientación como escenario de nuestras conversaciones. En las sucesivas ocasiones que entablé contacto con el viejo de los acantilados fue a los pies de ese lugar donde nos encontrábamos; sin previa cita se había convertido en el punto de encuentro. La tarde se había echado encima, me había entretenido demasiado a causa de Patricia, la hija del patrón de Casualidades, quien sobre todo desde su definitivo regreso se mostraba receptiva a mis inquietudes y cuya colaboración me había resultado de inapreciable ayuda a la hora de integrarme en este nuevo mundo; al fin y al cabo era el mundo en el que ella había crecido y que conocía por tanto a la perfección. No podía negar que me encontraba a gusto con ella y que su presencia me resultaba atractiva, pero no podía faltar al intento de volver a hablar y de ver al Viejo Capitán aquella tarde, después de los obstáculos sorteados para poder escucharle. Era una noche cálida, de temperatura veraniega, en la que podían distinguirse los senderos que las estrellas trazaban en el cielo.
-Hoy se me hizo tarde -comenté al llegar junto a él.
Sin prestar más importancia a la disculpa, el Viejo Capitán comenzó a hablar al hilo de mis palabras y, atento, escuché el porqué del tono confidente de una historia que prometía...

Cuando la noche caía, sucumbió, se dejó atrapar… Envuelto de terciopelo negro, con sigilo, deambuló a orillas del puerto. Dormía la bahía gris y las luces de neón salpicaban brillos a los charcos de la barriada. Los ojos de los gatos le vigilaban y, también brillaban verdes o, tal vez, amarillos. Tan sólo el repiqueteo de estays en los balandros le ponía cadencia a sus pasos. Al doblar la esquina sonaron voces, jolgorio de muchedumbre, por un instante. Y luego, el silencio otra vez envolviéndole, cual humo de un cigarrillo condenado a no llegar a mañana. Suspiró para adentro y pensó en los suyos, en los que antes amó. Y en la renuncia, el desapego, tributo de su mejor bien preciado, la libertad. Respiró hondo al atravesar el puente y toda la humedad de la noche se acomodó en sus poros… ¿Cuándo le soltarían sus férreas garras? ¿cuándo se vería libre al fin de sus oxidados grilletes?… Por fin, horizonte de mañana.
Pateó con fuerza el suelo repetidas veces con ánimo de hacer entrar en calor sus sufridos pies, casi helados. La atmósfera abigarrada de la Taberna le hizo reaccionar, aunque lentamente. Por eso entró; demasiada humedad de madrugada, incluso, para su gabán. Ahora sí, abrigado y dentro del Café, iba recobrando la temperatura justa. Hasta sus ideas lúcidas afloraron, por fin, fluidas. El olor a café obró el milagro, impensable cuarenta pasos antes. Hizo un gesto al camarero y, mientras esperaba apoyado en el mostrador, observó con detenimiento el lugar.
Siguió con curiosidad el contoneo de la joven camarera, sorteando mesas para posar la humeante bandeja de cafés. Y el manotazo espontáneo que le propinó al barbudo que, descarado, le azotó las caderas. Al pasar junto a él, levantó los ojos, le miró… No supo qué sensación imponente le invadió, un mar de olas embravecidas y acariciadoras a la vez, un océano con sabor a café, la mejor taza que nunca paladeó.
En esto, un maullido apresurado y el frenazo estridente de un vehículo, afuera, sacaron a todo el mundo de sus asientos, curiosos más que asustados. La calle se llenó de voces y forcejeo. Nunca le atrajeron las muchedumbres sino para tomar la dirección contraria, así que dio media vuelta y se concentró en su café solitario, aunque… algo le erizó el vello del alma. La joven camarera, junto a su hombro, como si de verdad ronronease, le sorprendió con su mirada inquisitiva. Y entonces, fue él quien la miró… Por un momento interminable, su luz de luna inundó la gran noche vagabunda. Y la noche verdadera extendió, con complicidad, sus anchos y largos brazos protectores.
Ancha y larga era la noche, como la playa que, iluminada tan sólo por las farolas de la avenida, les respetaban el nido de intimidad recién nacido… Así ella, Eva, reclinada la cabeza en su regazo, confiándose, a gusto, haciéndole sentir bien. La playa se alargaba aún más y una canción de olas la perseguía, acunándola… ¡Rieron! Una gaviota atrevida jugueteaba con las tiras de sus sandalias y tuvo que correr, saltando, para evitar que se las llevara al vuelo... De la Taberna cercana llegaba una melodía de amor que, a ratos, les dejaba escuchar la espuma que rompía en la orilla. La música llenaba sus corazones y, gozosos, se dejaron atrapar por la noche estrellada.
Habría sido delicioso el despertar de aquel sueño si hubiera tenido un lecho más abrigado que la blanca arena de la playa. Se sacudió la arena de pies a cabeza que, al incorporarse, resbalaba por el gabán, rebozado en ella y reseco, después de una noche a la intemperie. La joven había desaparecido, no recordaba en qué momento le dejó a solas con la noche y su sueño… El alba despuntaba sus brillos con nitidez en un mañana gris. Ya saliendo de la playa, sentado al borde del paseo, un viejo pescador de barba canosa extendió su brazo hacia él con un paquete de papel de estraza. Ella lo había dejado para él, no pesaba mucho y lo recogió. Después, al tiempo que ladeaba su gorra marinera, le preguntó si había oído hablar de la Amparanza… Aunque le sorprendió su pregunta, le tomó por un viejo chiflado y contestó negativamente con la cabeza. Ya iba siendo hora de tomar un tentempié para afrontar la jornada y encaminó sus pasos hacia el puerto, al balandro, su hogar. Abrió la bolsa de estraza y, en su interior, un paquete de café le hizo sonreír. Regresó pensativo… ¿La Amparanza?, le resultaba familiar. Una canción asomaba a sus labios, pero no acertaba con la melodía. Y forzó el paso…
Navegó la noche entera. Y en su afán por olvidar se alejó mar adentro, sin descansar. La costa semejaba una espina dorsal hundiendo sus laderas vertebradas en el mar, como si remojase sus brazos de roca al fresco de las olas encrestadas… ¿Acaso la isla Amparanza formaba parte de la leyenda entre los viajeros del lugar o realmente existió…? Algo de cierto aleteaba en ese sueño ideal, en ese tesoro por descubrir. De no ser por su sexto sentido marinero juraría que soñó con ella. Sí, Eva, la muchacha de la Taberna, candorosa y tan cercana su presencia. Si existía el misterio del mar hecho realidad, ella lo llevaba en lo profundo de sus ojos. Sí, era la viva imagen de la Amparanza soñada! Qué grande impresión la de su huella en la arena vagabunda. Él, el marinero, el surcador de olas, a merced del velero de su alma bella…
Debió cambiar el viento, su sentido marinero también debió dormirse. La costa, ahora oscura, era azotada por un mar despiadado. La lluvia gruesa le golpeaba el rostro mientras se afanaba por recoger y poner rumbo a puerto. El horizonte se transformó tenebroso y no era cuestión de jugar a la aventura. Pudo escoger cualquier puerto próximo de varias de las islas o de la costa cercana, pero… ¿por qué? ¿por qué aquel? Quizás por ella. Ella era la explicación, nunca conoció mejor puerto, mejor recaudo para su espíritu libre, que aquel alma joven de isla hospitalaria, por descubrir.
Llegó a puerto, exhausto, cuando la noche caía. Y ella estaba allí, en el malecón, envuelta en el terciopelo de su abrigo oscuro. Eva lo había visto marchar hacía ya dos noches. Por eso, cuando la tarde anterior el tiempo se encolerizó, salió al muelle a avistar su regreso… Algo le dijo siempre que volvería y así fue. Tras la cortina de lluvia reconoció su silueta de marino bragado. Y él también, ya la había reconocido desde mucho, mucho antes. Por fin acudió la melodía a sus labios, justo cuando entraba a su isla prometida!… Y dos gaviotas se arrullaron en una canción…

El Viejo Capitán silbó una canción que no me resultaba desconocida y, con un guiño, me miró fijamente al finalizar su relato. Supe entonces que se trataba de un regalo, era la historia del amor de Nes el Largo.




(CONTINÚA... En Capítulo XVI)
*De la NOVELA "El Cantor de Olas", (c) Luis Tamargo.-
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Jun. 10th, 2005 @ 04:11 pm Capítulo XIV: EL MAR EN SUS OJOS
Capítulo XIV
EL MAR EN SUS OJOS




Nes era muy pequeño entonces:
-¿Cómo es la tierra, Petra?
-¡Redonda, hijo!… -Petra dibujaba con los brazos abiertos un círculo en el aire que el niño seguía boquiabierto, desorbitado de asombro.
-Yo quiero darle la vuelta.
-Más allá está el mar, dicen que el viento le encabrita…
Para Petra la tierra lo era todo, era su vida. En el pueblo, de todos eran conocidas sus habilidades. El cesto de hierbas colgado a su espalda y aquel pañuelo negro que le ceñía la cabeza. Los Ríos era una pequeña población para la que el campo y los animales constituían la base de todas sus ganancias. Para Petra la vida no había sido fácil. Recorría todos los montes y las tisanas de sus hierbas conocían pocos fracasos en el arte de sanar a enfermos y accidentados. Especialmente con la llegada de Nes todo se puso cuesta arriba. Ella le tomó a su cargo cuando le encontró en el interior de su cesto. Sí, su llegada fue muy sonada en Los Ríos. Algunos rumores apuntaban que sus padres, supuestos leñadores emigrantes del norte, lo abandonaron porque para ellos tampoco nada era fácil y que, desinteresados, huyeron en el ferrocarril hacia un horizonte más propicio. Petra hubo de trabajar doblemente y su obligada adopción se convirtió con el paso del tiempo en una presencia gratificante para su solitaria compañía.
Nes iba creciendo, aunque inquieto, pues dentro de él bullía un ascua de ansiedad que le perturbaba en lo más profundo, fustigándole siempre más allá, con los ojos puestos en un horizonte cada vez más lejano. La voz de Petra le sacó del pasmo: "Nes! Mañana empiezas!". "Irás a trabajar con Don Vicente. Te necesita en Coaxtlán".
Al día siguiente, cuando Nes dejó la casa y atravesó la vaguada descendiendo por la colina del pueblo hasta llegar a la estación de ferrocarriles, sintió que aquella ascua le quemaba el vientre. Aquella brasa encendida ardía e iba creciendo en su interior, llenándole, sin hallar sitio por el que salir. Así de azorado ocupó el asiento que le llevaría a Coaxtlán. En el diminuto petate llevaba la paga del pedido para Don Vicente, así como el jornal de dos meses atrasados. Don Vicente se había mostrado tolerante y comprensivo: "En los pueblos chicos todos somos de la misma casa", había dicho. También las palabras de Petra le sonaron gratas: "Pronto comenzará la primavera y a Don Vicente le harás falta".
Don Vicente era un viejo septagenario, exageradamente delgado y huesudo, por el que nada podían hacer las tisanas de la buena Petra. La voz cascada, pero apacible. Su hacienda y sus campos daban trabajo a la mayor parte de la población. Y su cabello blanco, de nieve, le valía el respeto de todos sus convecinos.
Cuando los frenos del tren chirriaron en la estación, a Nes le zumbaron los oídos. Todos los días había hecho el mismo recorrido, pero ahora era diferente. Antes, para recoger los pedidos de Petra. Ahora, iba para ganar su propio jornal. El ascua de ansiedad le apretaba el vientre. Tenía en ese momento suficiente dinero para darle la vuelta a la tierra. Afuera del portalón, la plaza del mercado bullía de actividad. Se detuvo en la entrada. El ascua de su interior también bullía, una llama de ansiedad le inundó el pecho. "Tengo bastante dinero", se dijo. Dio media vuelta y observó el trajín de la estación. En Coaxtlán acababa su viaje. Más allá no había nada. Nes apretó el petate contra su estómago para aplacar las palabras de Petra. El ascua mitigó su ardor y, en cambio, una voz de humo le habló del horizonte de más allá. Sin pensarlo una vez más cogió el primer tren que le llevaría a darle la vuelta a la tierra.
Al ocupar el asiento de cuero rojo, no sabía si le latía el pecho o si era el mismo petate el que temblaba. El compartimento se hallaba semivacío y todo en él desprendía un cierto olor a húmeda novedad. Cuando sonó el pitido del tren, Nes abrió la ventanilla y asomó la cabeza. Al ponerse en marcha, se encogió de nuevo en su asiento. Durante toda la mañana, los más variados paisajes se sucedieron frente a él. Al principio todo se le sugería familiar, aquella tierra no era diferente de la que había dejado atrás, sino mas bien una prolongación de ella. Tierra llana de campos amarillos y verdes apagados, diminutas elevaciones y minúsculos promontorios ocres, que rompían la monotonía de un horizonte limpio. Luego, el tren aminoró, estaba ascendiendo y la marcha se hizo más lenta. Toda la gama de verdes apareció súbitamente, haciendo gala de los matices más insospechados. La niebla, que flotaba rodeando las altas cumbres de las montañas, le distrajo el hambre. Sintió frío y reclinó la cabeza junto a la ventanilla. Aún con los ojos cerrados, multitud de lugares desconocidos y parajes pintorescos se sucedieron sin fin.
Ya bien avanzada la tarde, el agente supervisor le despertó. Nes pagó el billete. El vagón se había llenado en sus tres cuartas partes de nuevos ocupantes. Frente a él, dos mujeres de edad ya avanzada, observaban todo a su alrededor sin intercambiar una sola palabra. Sus vestidos eran de suave tela y bien coloridos. Por un momento pensó en Petra.
La noche lo cubrió todo, vió como las estrellas competían en velocidad con el tren e intentó imaginar cómo de fuerte soplaría el viento allí afuera. Lo que le despertó esta vez fue el murmullo de la gente, con el ajetreo de sus equipajes. Se atusó el cabello y se estiró a sus anchas, sin soltar el petate. La máquina reducía la velocidad y los viajeros se arremolinaban en las puertas de salida. A Nes le dio tiempo de ver el cartel de la estación, antes de que el tren resoplara pesadamente con un estertor: "Coaxtlán. Última Parada".
Se apeó cuando todo el mundo hubo salido. Las piernas, entumecidas, le obligaban a dar pequeños e inseguros pasos. Algo le golpeó la cara en el andén. Era una sensación nueva, extraña, que despertaba su más escondida curiosidad y que, a la vez, le inquietaba. Como un animal lejos de su territorio de caza, olfateó el aire. Caminó, desperezándose, en línea recta y descubrió el motivo de su incertidumbre: el horizonte del mar. Como el más inimaginable de los estanques, mucho más, a Nes le embriagó de asombro. Clavado en el puerto, esperó el amanecer de un día sin sol, gris y neblinoso. En plena resaca de estupor, se acercó a un marino que preparaba los pertrechos de pesca: "¿Qué hay más allá?". El pescador se incorporó y, fijando la vista en el horizonte, le respondió: "Más allá no hay nada, más allá solo hay agua". A continuación posó los ojos fijos en él: "¿Y tú, a dónde vas?". Nes se encogió de hombros, sincero: "No lo sé". "Pues habrás de escoger, muchacho, la línea acaba aquí", replicó, volviendo a la faena.
Durante horas interminables deambuló de uno a otro extremo del puerto, embriagado por el hechizo de aquel aroma a salitre. Al fin, el hambre le sacudió de aquel estado de estupefacta ensoñación. En una plaza adyacente encontró lo que buscaba, una terraza donde poder comer algo que le devolviese las fuerzas necesarias para acometer el nudo de dilemas que estaba ahogando su corazón. Entregado a dicha tarea estaba, cuando ella reclamó su atención. La vió allí, quieta, frente a él, observándole. El, ahora más entero, se dejó observar y, finalmente, sostuvo la mirada. Un aire de importancia le envolvió, le hizo un gesto y ella se acercó. Compartieron la mesa y lo que en ella había y, cuando la chica tragó el último bocado, reinició su anterior actitud. Inmóvil, observándole, pestañeó dos o tres veces. Fue cuando Nes sintió el tirón. En sus ojos vio el océano. El nudo de sus entrañas se convulsionó y una maroma de cabos sueltos cayó sin control. Ella se levantó y Nes le siguió, sin querer dejar de percibir el misterio de aquella ensoñación. Caminaron y descansaron sin mediar palabra, hasta que una fina lluvia les obligó a guarecerse de la tarde. Su cabello casi era de color rojo y sus ojos… Sus ojos eran el mar. Sin hablar, ella le cogió de la mano y Nes se dejó llevar.
Allí, al fondo de los astilleros, un viejo balandro descansaba abandonado. A través de la escotilla entreabierta, sintió el esperanzado calor que desprendía la madera. Dentro, ella se desenmarañó el cabello y, con el mar rugiendo en sus ojos, despojó a Nes de sus ropas mojadas. Se desvistió ella y, juntos, retozaron entre la maroma y el susurro del agua en cubierta.
Al siguiente día caminaron, comieron y nuevamente se amaron, otra y otra vez, una tras otra hasta perder la noción de los días. Aquel balandro se convirtió para Nes en todo su afán. Nada le importaba más y, aunque no sabía su nombre, la tenía ella y ella era lo que había más allá del mar.
Nes ignoraba el tiempo que había transcurrido desde su llegada a Coaxtlán. Aquella mañana amaneció soleada y él despertó ebrio de gozo. Como todas las mañanas, esperó encontrar el cuerpo de la chica a su lado, caliente y suave, dispuesto a dejarse acariciar por sus manos ávidas de deseo. La noche anterior había soñado con su pelo pajizo revuelto entre los colchones del camarote, pero no la encontró a su lado. Se vistió y asomó la cabeza. Allí estaba ella, al otro lado del muelle. Alguien le acompañaba y ambos se alejaban como si compartieran un tesoro de complicidades. Un rayo de ira le fulminó los sueños como un mal presagio. Nes entonces echó en falta el petate y, de un salto, salió corriendo en pos de ellos. Al apercibirse de su carrera, el otro emitió un singular silbido, torciendo la boca con los dedos y, de inmediato, un grupo de muchachos harapientos surgió de entre los barcos varados, cerrándole el paso. Le golpearon hasta hacerle rodar por los suelos. La chica lo contemplaba, impasible, mientras sostenía el petate en su regazo. Luego, en el suelo, lo patearon repetidamente hasta hacerle sangrar. Nes no soportó la tempestad de golpes y se sumió en un sueño distinto, más doloroso. Les vió alejarse entre burlas y risas, repartiéndose el botín.
Maltrecho y sediento de venganza, maldijo su mala suerte. El aroma del mar ya no era nuevo y un sabor amargo de derrota desenredó el nudo que ahogaba su orgullo. Vagabundeó un día más por el puerto sin dar con la chica y con el temor de toparse con aquellos rufianes. Al caer la tarde, una chispa de luz le atravesó el puro entendimiento. Había comprendido, nada había más allá del agua. Le había fallado a Petra y a don Vicente y, lo que era peor, a él mismo. Se encontraba pesaroso y, sin embargo, tampoco podía arrepentirse. A decir verdad, no podía volver con las manos vacías y, además, nadie había extrañado demasiado su marcha.
El buque mercante que partió del puerto en aquella mañana clara fue despedido por la numerosa presencia de los aldeanos y pescadores que desde días atrás esperaron la anunciada llegada del mercante más largo y pesado arribado jamás a Coaxtlán. También Nes debió estar atento a su llegada y, como convencido tripulante, zarpaba hacia el otro confín que, más allá del horizonte azul, tanto le inquietaba. Desde cubierta pudo ver el viejo balandro abandonado de sus sueños rotos, pero el ascua ya no le que quemaba. El viaje sin fin había comenzado...

Cuando parecía que el Viejo Capitán había acabado su relato le miré y pude observar la niebla gris de sus ojos, una sensación de pena honda y triste se apoderó de mí y, por unos momentos, dudé entre abrazarle o levantarme para marchar, pero permanecí allí sentado junto a él; tan sólo atiné a balbucear un agradecimiento tímido, que apenas se dejó oir. Hasta que llegó un momento en que el silencio pesó demasiado y me sentí impelido a hablar.
-Es curioso mi padre también... -necesitaba una explicación, pellizcarme o notar que también estaba allí presente. Ya iba a abordarle con otra serie de preguntas que no cesaban de agolparse en mi mente cuando me interrumpió.
-Sé lo de tu padre, estuvo aquí... -añadió con un asentimiento grave.
-¿Cómo...?
-También venía por aquí, aunque nunca se atrevió a seguirme como has hecho tú.
-Pero, ¿cómo sabe que era mi padre? -pregunté con tono estupefacto por el giro inesperado que tomaba la conversación.
-Tienes la misma mirada, también puedes escuchar su canción... -añadió con un asentimiento grave- : es el mar en tus ojos. Se quedaba lejos, observaba, quieto y callado; notaba sus ojos escrutándome en la distancia. Cuando no me encontraba se sumergía en las hojas del libro que traía consigo y leía; otras veces sólo observaba... Yo sé lo que buscaba.
-¿...Qué?… ¿qué era?
-¿Qué va a ser, chico? El mar, el mar de Claridades, ¿no lo ves?...
Me quedé pensativo, intentando encajar todas las piezas que, de repente, habían querido mostrarse en forma de clave a un intrincado rompecabezas que el destino hasta entonces había ocultado tras un velo inimaginable. El Viejo Capitán adivinó mi intención lógica de reiniciar la charla con nuevas preguntas, pero me contuvo.
-Otro día continuamos, chico, esa es otra historia.

Aquella noche me resultó imposible conciliar el sueño, impaciente por acudir de nuevo a la cita con el Viejo Capitán. Una multitud de nombres, de personas y lugares se sucedían en forma de preguntas o piezas, se amontonaban en mezcla desigual, en meras coincidencias o en dudas sin resolver: Petra, Coaxtlán, Nes, el Viejo Capitán... Cuando, a la mañana siguiente, Patricia llamó a la puerta con la bandeja del desayuno, me encontró hojeando las páginas del libro que mi padre me dejó como único regalo tras su despedida.
-¿Qué haces? ¿estás leyendo?
-Es una larga historia -contesté, intentando esquivar extensas explicaciones-. Bueno, mejor dicho, es un cuento...
Patricia entornó la cabeza para leer el título.
-El Cantor de Olas -repitió-. Me encantan los cuentos, ¿es para niños?
Dudé antes de responder; en cierto modo no sólo servía para contar a los niños sino que adquiría tintes muy veraces también para los adultos. Él mismo era un ejemplo vivo de que, tras haberlo escuchado en innumerables ocasiones desde la infancia, ahora ya formaba parte intrínseca de su vida y, además de las múltiples lecturas que le permitía, de acuerdo a lo significativo de los hechos más recientes, había adquirido ahora visos merecidos para acompañarle durante el resto del trayecto vital que le quedaba. Sin embargo encontraba cierta dificultad en hacer comprensible esta idea a alguien ajeno a la historia o a su vida; en este sentido, resumirlo conllevaba perder detalles que él consideraba primordiales.
Patricia se dio cuenta del dilema en que me hallaba inmerso y, poco amiga de enredarse con rodeos inútiles, consideró mejor abordar el problema de frente y averiguarlo de forma directa.
-Entonces, cuéntame -sugirió, sentada al borde de la cama.




(CONTINÚA... En Capítulo XV)
*De la NOVELA "El Cantor de Olas", (c) Luis Tamargo.-
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